Sigmund Freud Jacques Lacan Antonin Artaud Susan Sontag Simone de Beauvoir Claude Lévi Strauss Arthur Rimbaud Friedrich Nietzsche Jacques Derrida Hanna Arendt Cocteau, Jean François Marie Arouet Voltaire André Malraux

ESCRITOS

PRINCIPIO DEL PLACER, REAL, GOCE Y DESPUÉS

Estos son en verdad los pensamientos de los hombres de todas las épocas y de todos los países; no son mis pensamientos originales, Y si no fuesen igualmente tus pensamientos, no valdrían nada, o casi nada, Si no son cercanos y remotos al mismo tiempo, no valen nada,

Walt Whitman, Canto de mí mismo

1 - PRINCIPIO DEL PLACER Y HOMEOSTASIS

En "Pulsiones y destinos de pulsión" (1), Freud hace una descripción del aparato psíquico, al que intenta adscribir una serie de principios. Formula bases estructurales y funcionales a partir de las cuales el aparato cumple sucometido, sostenido por estas leyes o principios de funcionamiento.

Distinguiendo entre un afuera y un adentro, con la intención de diferenciar la pulsión del estímulo externo, Freud determina precisamente el carácter de estímulo interno a la pulsión y su empuje constante. Hace referencia a una premisa de orden biológico, desde la cual el sistema nervioso es un aparato al que le está asignada la función de liberarse de los estímulos que le llegan, de rebajarlos al nivel mínimo posible; es decir que, de ser posible, procuraría estar exento de todo estímulo, tal como lo enunciara en el "Proyecto de psicología" (2), respecto al principio de inercia neuronal, o el posterior principio de constancia. Manifiesta entonces que las pulsiones son las responsables, y no los estímulos externos, de los progresos llevados a cabo por el sistema nervioso en su actual nivel de desarrollo. Se destaca la cualidad del estímulo interno en sí, para distinguirlo del esquema del arco reflejo, el que atribuye una importancia superlativa al estímulo externo al organismo.

Derivado del principio de constancia, otro principio de funcionamiento del aparato, llamado principio del placer, enuncia la actividad del aparato como regulada de manera automática por sensaciones de la serie placer-displacer; el displacer sería un incremento del estímulo, y el placer una marcada disminución, con relación a la descarga. O sea, que la noción de placer supone un trabajo del aparato anímico "en oposición" al estímulo.

La introducción del "Más allá del principio del placer" (3), en 1920, marca un viraje notable en esta concepción. Allí se postulan una serie de fenómenos articulables como fuera de los límites de ese principio, lo que significa su destitución como instancia única reguladora del trabajo anímico, y la consecuente reformulación de la noción misma de placer.

Tal idea le conduce a distinguir en "El problema económico del masoquismo" (4) un llamado Principio de Nirvana junto al Principio del Placer, adscripto el primero a las pulsiones de muerte, y el segundo a las pulsiones de vida.

Este giro supone también una modificación respecto a una primera formulación de placer y displacer que participan como cualidad de un sólo sistema, el consciente. Este presenta dificultades de articulación con lo que enuncia en el "Más allá del principio de placer", acerca de que lo que es displacentero para un sistema, puede ser placentero para otro sistema. Freud hace esta afirmación con relación al síntoma, que, en esta formulación, no viola el principio de placer. Ante esto, puede pensarse que es posible adscribir al síntoma una relación a la pulsión, como un goce más allá del principio de placer, que Freud referirá a las tendencias masoquistas del yo, como el trabajo silencioso de las pulsiones de muerte.

Puede enunciarse entonces, como que el sujeto "satisface algo" -con relación a la pulsión-, al precio del displacer -el síntoma-.

Incluye el principio de placer, entonces, una serie de temáticas. En primer lugar, supone la existencia de un aparato anímico con un principio de funcionamiento propio y automático, que hace apoyar al discurso psicoanalítico, en una base distinta a cualquier postulado animista o sustancialista de lo psíquico. Esto produce una destitución subjetiva, en el sentido que se sustrae la noción de "alma" o incluso la conciencia como autónoma; supone un carácter determinista del accionar del sujeto al ser regulado por este principio. Lo que puede interrogarse, es si este principio de carácter homeostático, es referible a los modelos homeostáticos que se presentan en el discurso de la biología.

Puede afirmarse que la introducción del significante, causa eficiente de la misma noción de inconsciente, hace presentar a este principio de placer, como una homeostasis que refiere a otro orden, a tal punto que esa palabra parece impropia. Un orden que se ubica con relación a los enlaces entre significante y goce. En esta línea, Lacan sitúa al displacer como el goce en "El reverso del psicoanálisis", siendo el goce lo que se presenta como antihomeostático en el sujeto.

En segundo lugar, Freud al postular el principio de placer como principio regulador, lo hace desde una propiedad del sistema nervioso, en el sentido de dar una primacía a los estímulos internos por sobre los externos, y en ello, se expresa el carácter constante de la pulsión. Esto le permite postular el principio económico, referido a que existe una "economía de los estímulos", y un consecuente "comercio" entre los diferentes sistemas o regiones del aparato anímico. Este principio económico, es lo que le permite a Freud, aludir a la existencia de un aparato, con sus propios mecanismos de funcionamiento, y en el que el carácter de constante del estímulo interno -la pulsión-, produce que la tensión tenderá a incrementarse, es decir que e1 displacer (como incremento de tensión), es una impronta a1 psiquismo de 1a que éste no puede escapar. Esto se traduce en que e1 aparato anímico debe entrar en funcionamiento para contrarrestar e1 incremento de tensión, y consecuentemente, producir la descarga como placer.

Este movimiento de placer y displacer asociado al estímulo interno como incremento o disminución de la tensión, hace funcionar al aparato anímico de manera automática, como un principio inherente al mismo, lo que le evita a Freud el tener que importar otra realidad o concepto extraño al psiquismo, para explicar su funcionamiento.

El incremento de tensión asociado al displacer, producía el estado de deseo como tensión que movía al aparato; luego: ¿es posible pensar que el aparato no entre en funcionamiento como "máquina de desear" con relación al estímulo? Precisamente sí, y éste es uno de los puntos más frágiles, del esquema del "Proyecto de psicología" y "La interpretación de los sueños" (5). Este carácter "misterioso" del síntoma, es lo que produce la fragilidad del esquema. Puede pensarse que una diferencia central se ubica en la relación entre los conceptos de "estímulo endógeno" y "pulsión sexual". El problema se sitúa en que el estímulo endógeno presenta el carácter de forzado que precisa de su cancelación mediante el estado de deseo; la pulsión en cambio puede encontrar su satisfacción sin apelar al estado de deseo, pues se presenta como un circuito que cierra en torno a la zona erógena.

Estas diferencias son como un esquema para pensar el problema, no términos dicotómicos absolutos. Esta satisfacción es la referible en el síntoma -satisfacción de la pulsión-, que como retorno de lo reprimido, presenta también una estructura significante, por ende asociada al deseo. Esta satisfacción, es uno de los problemas que Freud pretende circunscribir con el concepto de pulsión de muerte, respecto a la temática del masoquismo. Es en el principio de nirvana, en donde este aparato puede no ponerse en funcionamiento, que es que éste se pone al servicio de la pulsión de muerte; que evita toda tensión que permite sostener al sujeto vivo, y donde las pulsiones de vida son las que introducen esta tensión necesaria para la vida.

El carácter de "impulso a la quietud" como podría expresarse, hay que referirlo al principio de nirvana, contrapuesto al trabajo del principio de placer; vemos que entonces la originaria formulación del principio de inercia neuronal y de constancia, con relación al principio de placer, se fragmenta en dos principios contradictorios de funcionamiento. Entonces, se presenta posible que este mecanismo del deseo, "no funcione", abriendo camino al trabajo de la pulsión. Esta se presenta como paradojal, en el sentido que es la que promueve el funcionamiento del aparato, y a su vez su satisfacción puede presentarse como antihomeostática -referenciable como pulsión de muerte-, en que la pulsión puede satisfacerse sin los objetos "otros" que están sujetos a la búsqueda metonímica del deseo, siendo éste definido esencialmente como pura potencia, que es la que produce la tensión del aparato anímico regulado por el principio de placer. Se formula regulado esencialmente por la "falta", como causa de que el aparato anímico "busque algo que le falta". Con relación al objeto pulsional, la pulsión se presenta en su búsqueda de satisfacción, "puro acto con relación al deseo como potencia"; es decir, se presenta como goce. El displacer es situable como el goce, como Lacan lo expresa en "El reverso del psicoanálisis" (6) como un "no quedarse allí donde se goza".

Freud, a partir del principio de placer, con relación a la serie placer-displacer, pretende acercarse a una comprensión del mecanismo de formación de síntoma, pues al ser constante el accionar de la pulsión, al no poder escaparse de ella, trae como consecuencia un inevitable incremento del displacer, que supondría una no postergable tendencia a la descarga. Para Freud, de existir un impedimento para la descarga, ésta puede posponerse en razón de la existencia del principio de realidad, o directamente puede ser inconciliable la descarga por contradicción con otros designios en la vida psíquica. Esto produce, debido a que el estímulo interno no puede suprimirse, la vía de una descarga alternativa, el síntoma, que accede a un lugar en la conciencia emergiendo como displacer. Esto no era completamente satisfactorio para Freud, por lo que se vio precisado de dar el salto con el "Más allá del principio de placer" e introducir el concepto de pulsión de muerte que tiene por fin conducir a la vida al estado inorgánico. Este giro, con relación a la regulación homeostática del principio de placer se produce porque Freud percibe algo profundamente antihomeostático en el interior de la vida anímica e inherente a la misma (aunque no es seguro que haya conocido siquiera el aporte de Canon).

Lacan en "El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica" (7) dice: "Desde el comienzo hasta el final de la obra de Freud, el principio del placer se explica de este modo: ante un estímulo que llega al aparato viviente, el sistema nervioso es en cierto modo el delegado esencial del homeostato, del regulador esencial gracias al cual el ser vivo persiste, y al cual va a corresponder una tendencia a retrotraer la excitación a lo más bajo. A lo más bajo, ¿qué quiere decir esto? Tenemos aquí una ambigüedad que deja perplejos a los autores analíticos. Léanlos, los verán resbalar por la pendiente que abre ante ellos la forma en que Freud dialectiza la cuestión."

En esta etapa del desarrollo de Lacan, encontramos que enuncia este carácter paradojal del estímulo interno con relación al postulado del principio del placer. Para que éste funcione es necesaria la presencia del estímulo interno, del cual no hay escape; lo que supone que el aparato funciona debido a la constancia del estímulo interno que se hace presente en la pulsión. El homeostato consiste en la regulación de la tensión del estímulo, para mantenerlo constante en el nivel más bajo; el principio de constancia está planteado como un principio que hace tender al aparato anímico a la mínima tensión, lo que supone esta regulación automática debido a que el estímulo interno no cesa. A la constancia del estímulo, le responde el principio del placer buscando su reducción, siendo el principio de placer un derivado del principio de constancia. El principio de placer se postula como un principio que rige la descarga, en el sentido de poseer el "instrumento hemostático", que "califica" la magnitud de excitación -medida del displacer- y procede automáticamente ante el incremento con un movimiento de descarga -placer-. Este instrumento homeostático, presenta muchas dificultades en su ubicación; con relación a los homeostatos corporales del discurso de la biología, suponen estos la existencia de mecanismos biológicos complejos, que ante el incremento de un "factor", se desencadena la producción de respuestas que disminuyen dicho incremento; o a la inversa, una disminución produce el efecto de un incremento. Estos "productos" de la regulación se transforman en "factores" que desencadenan los movimientos inversos, continua y sucesivamente. Supone la existencia del homeostato la presencia de "mensajeros" entre el homeostato regulador, y el sistema regulado; implica un "lector" de los "mensajeros", y una localización física del homeostato.

En Freud esto provoca dificultades, pues en primer lugar, al pretender postular en psicoanálisis un homeostato regulador se encuentra la dificultad de su ubicación, lo que puede llevar a elaborar una especie de discurso biológico, que le permita asentar en un terreno teóricamente extranjero, los principios del psicoanálisis. Por ello, ubicar este homeostato en el sistema nervioso nos arroja fuera de campo; es preciso intentar situarlo en el territorio conceptual del psicoanálisis, y en conexión al cuerpo particular de este discurso, ubicar este homeostato, como una aproximación al problema, en el que Lacan en "La angustia" (8), sitúa el punto de disyunción entre el campo del deseo y el campo del goce, en correspondencia al objeto "a" como lugar de la falta.

Marcamos este problema, por cuanto arrojar el principio hemostático al sistema nervioso, supone colocar el acento en una regulación de un campo teóricamente externo al psicoanálisis, que éste como discurso no niega, pero del que debe prescindir en alguna medida, como un real externo a lo que puede abordar el discurso psicoanalítico; como ejemplo, puede contar la presuposición de la existencia de un sistema nervioso.

Retomamos el aspecto paradojal que encierra la formulación del principio del placer con relación al principio de inercia neuronal o principio de constancia, en cuanto que el principio del placer es básicamente un principio de "no displacer" (Freud tempranamente lo postuló como principio de displacer). Esto lleva a la asimilación del principio de placer así enunciado, con el principio de nirvana al servicio de las pulsiones de muerte, que Freud precisa en "El problema económico del masoquismo".

El interrogante en Freud es situable, en qué es lo que sostiene al aparato anímico en la vida. Esto tuvo diferentes respuestas a lo largo de su recorrido, alojándola en un primer momento en las pulsiones de autoconservación en oposición a las pulsiones sexuales, a partir del carácter dificultoso de las pulsiones parciales en cuanto a su satisfacción -como exigencia-, con relación al mantenimiento de la vida. Este carácter se transforma al postular las pulsiones sexuales como pulsiones de vida, en oposición a las pulsiones de muerte, arrojando algunas de las características conflictivas de las pulsiones sexuales, a la categoría de las pulsiones de muerte, como, por ejemplo, las pulsiones anales con relación a las metas sádicas.

Estas paradojas de la formulación inicial del principio de placer, nos llevan también a otra dimensión, la que Freud formula en "El malestar en la cultura" (9), pues este se sitúa en correspondencia a la problemática de la felicidad como meta de su programa, pero que se presenta de imposible cumplimiento. Podemos llegar desde este sitio a la problemática del "Bien", que nos arroja en una dimensión ética. A esta formulación inicial del principio de placer, la contraponemos con el giro en el cual el placer deviene meta; pero la meta principal es imposible -la felicidad-, arrojando el problema a dónde es ubicable el "Bien" para el sujeto, ya que el principio de placer deviene principio de regulación homeostática, con relación al principio de realidad, que promueve una suspensión de la satisfacción, y su más allá una búsqueda de la misma.

Tenemos que el principio de placer se postula como un camino a la muerte -como límite- de una manera propia, en la vía del deseo en permanente búsqueda de una satisfacción imposible, con el consecuente "malestar".

Este punto de referencia es el que formula Lacan en "La angustia", que como decíamos la ubicaba en el campo de separación entre el campo del deseo y el campo del goce. El objeto "a", se sitúa como el objeto causa del deseo, pero Lacan lo presenta como causa de algo "no efectuado", -con relación a la noción de causa efecto-, esto se acompaña con lo que afirma respecto a que para el neurótico es necesario desear, de no hacerlo se ubica en el campo del goce, como un real que se presenta como satisfacción. Por ello asimila ley y deseo; que implica asimilar la ley como prohibición del incesto, constituyente del objeto "a" como objeto perdido causa del deseo. Si el sujeto se postula con relación a esta pérdida operada, Lacan alude a un sujeto mítico del goce, la castración determina la separación entre los campos, o como lo afirmará posteriormente, una pérdida del goce Todo -asimilado al Otro sin barrar- siendo entonces toda práctica de goce, una recuperación de goce o plus de goce.

Este campo del goce se ubica precisamente como lo antihomeostático en el sujeto, y es aquí donde es discernible el movimiento de la pulsión. Esto es correlacionable con el distingo entre el objeto de amor I(a), y el objeto "a" como real; cotejado con lo que Freud formula en "El problema económico del masoquismo" con relación al sentimiento inconsciente de culpa, como la reanimación del complejo de Edipo, que nos sitúa en la dimensión del objeto pulsional, formulado éste como antihomeostático; como un masoquismo que se ubica en el trazado de un goce más allá del principio de placer, en la dimensión de la obturación del objeto "a" como causa de deseo, que consecuentemente nos lleva a una práctica de obturación del otro en su dimensión de falla, como una defensa ante la castración.

Situamos la homeostasis del principio de placer, con relación al deseo como opuesto al campo del goce. Lacan en "El reverso del psicoanálisis" expresa la pregunta acerca de cuál es el goce de los lirios del campo, como cuerpos entregados al goce, dice que no pasa lo mismo con los animales, en lo que interpretamos como una economía, la posibilidad de moverse para obtener el mínimo de goce. "No nos quedamos ahí donde se goza, porque sabe Dios a dónde nos llevaría, ya lo he dicho antes." (10) Dice que nadie sabrá jamás de que goza la ostra o el castor, porque no hay distancia entre el goce y el cuerpo, distancia que introduce el significante. Esta relación del goce al significante, es la que marca esta homeostasis propia del sujeto humano; esta marca significante que Lacan llama trazo unario, como marca significante que conmemora una primera irrupción de goce.

Tenemos que el principio de placer supone ese punto homeostático que tempera el goce, que le pone límites. Lacan en "Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis", dice que deseo no es placer, siendo el placer lo que fija los límites del alcance humano: asido al principio de homeostasis, el deseo encuentra su cerco, su posición fijada, su límite, y en la relación con este límite se sostiene como tal, franqueando el umbral impuesto por el principio de placer.

Lacan en el Seminario "De un otro al otro" (11), se refiere al "Proyecto de psicología" y al esquema del aparato psíquico del capítulo VII de "La interpretación de los sueños" (12); realiza esta relación entre el principio de placer y el estado de deseo en correspondencia a la identidad de percepción, en el sentido de que las vías en que este aparato mantiene su homeostasis, se discierne a partir de eso que será reencontrado en la percepción idéntica, siendo entonces que lo que regula es la repetición, y no llevando ningún criterio de realidad, lo que lleva a cuestionar la idea de representación, en el sentido que lo que busca reencontrarse es una identidad de percepción, un signo -como lo dice Freud-, que introduce otra dimensión de la realidad, y asociada a este objeto perdido de la vivencia de satisfacción.

Entonces Lacan se refiere a esa estructura de trama de red, que presenta esta articulación neurónica, que no es sino -al decir de Lacan-, la figuración intuitiva de la articulación, bajo la forma más elemental de los significantes, de las relaciones mínimas o elementales que el significante presenta, bajo los términos de diferencia y repetición. Lacan afirma que el ser diferencia absoluta es lo que funda la función del significante, porque los otros difieren, es que el significante se sostiene, y se articulan de manera repetitiva. A esto es lo que Lacan llama el alfileteo significante, que no fija sino desliza, produciendo el juego del sentido por el efecto de sustitución. Se refiere a estas funciones significantes con relación al sueño, en el sentido de esta frase reconstituida. ¿Qué hace la interpretación?, dar el punto de falla, que es aquel donde la frase en tanto frase, ella deja ver lo que cojea, y esto que cojea es el deseo.

Lacan con relación al principio de placer, en "La ética del psicoanálisis" (13), lo nombraba como el que hace buscar al hombre el retorno de un signo, con lo que se articula la función significante con relación al deseo; o como lo expresa en "Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis", el automaton significante, con su trabajo de insistencia bajo el imperio del principio de placer.

En "La ética del psicoanálisis", expresa que éste retorno o búsqueda de un signo, se encuentra reglado por "La Cosa", y consiste en un mantenimiento de una distancia con La Cosa, pero esta búsqueda es la búsqueda de La Cosa. "Lo que encontramos en la ley del incesto se sitúa como tal a nivel de la relación inconsciente con das Ding, La Cosa. El deseo por la madre no podría ser satisfecho pues es el fin, el término, la abolición de todo el mundo de la demanda, que es el que estructura más profundamente el inconsciente del hombre. En la medida en que la función del principio de placer reside en hacer que el hombre busque siempre lo que debe volver a encontrar, pero que no podría alcanzar, allí yace lo esencial, ese resorte, esa relación que se llama la ley de interdicción del incesto." (14) Y con relación a la repetición que Freud manifiesta en el "Proyecto de psicología", Lacan dice que se vuelven a encontrar las coordenadas de placer, no el objeto.

En el Seminario "De un Otro al otro", Lacan dice que el funcionamiento del principio de placer se sitúa en un nivel de estimulación que es a la vez búsqueda y evitación, un justo límite de un umbral que implica la centralidad de una zona interdicta, porque el placer sería allí demasiado intenso, delimitando esa centralidad que es el campo del goce, como siendo todo lo que se releva de la distribución de placer en el cuerpo, con relación a este das Ding. A la vez circundando el objeto "a", irreductible a la función significante, pero producto a su vez de la introducción del mismo en la existencia humana. Lo real, está más allá del automaton al que hacíamos referencia "... y toda la investigación de Freud evidencia que su preocupación es esa."


2 – MÁS ALLÁ DEL PRINCIPIO DEL PLACER, PULSIÓN Y GOCE

La introducción que Freud hace en 1920 del "Más allá del principio del placer" había sido causada por una serie de fenómenos internos a la experiencia analítica -esta manera resulta explícita en Freud, en Lacan las operaciones teóricas no parecen proceder de dificultades de su clínica, sólo a posteriori se nos muestran articuladas a la clínica psicoanalitica-, ante los cuales, el principio de placer resultaba insuficiente para su explicación; puede decirse que este más allá, estaba implicado en alguna medida en las iniciales formulaciones de Freud. Por otro lado, hemos leído un desvío progresivo de la noción de placer, desde la noción económica de descarga, hacia una noción de "meta por sí", desdibujándose en consecuencia el papel económico del displacer; asume este el lugar (referido al sufrimiento) de un "resto de malestar", inherente a la renuncia pulsional que impone la cultura, "resto de malestar" que como dice Freud en "El malestar en la cultura", ningún intento de reforma podrá eliminar.

En los primeros postulados de Freud, la carga del aparato psíquico supone el displacer, que hace trabajar el aparato en contra del estímulo, pero este estímulo emerge con una demanda de cancelación; ante esta demanda de satisfacción que se produce con relación a un objeto específico -el objeto ausente de la vivencia de satisfacción- es que se presenta como un nudo entre el proceso primario y el proceso secundario, y el objeto que demanda el estímulo interno para su satisfacción, no tiene existencia, presentándose como falta de objeto. El estado de deseo es la búsqueda de ese objeto faltante en razón del retorno de la huella mnémica por el proceso alucinatorio, regido por la búsqueda de la identidad perceptiva; este estado de deseo se tramita en el proceso secundario a través de la identidad de pensamiento, como Freud lo formula en "La interpretación de los sueños".

Es a través del proceso secundario, donde se torna posible la descarga con relación a algún objeto de la realidad, "heredero" del objeto primero, que es fundamentalmente "otro"; la ausencia de satisfacción con este "otro objeto", deviene la persistencia del estado alucinatorio de búsqueda del objeto, la descargano se produce y la consecuencia es la persistencia del displacer.

De manera resumida, esta es básicamente la vía del deseo en Freud, a la que hemos hecho referencia. Con relación a la vía del síntoma, podemos preguntarnos si en razón de la separación en la huella mnémica por un lado, y por otro el estímulo endógeno que emerge como demanda de cancelación o satisfacción, ¿es factible la cancelación del estímulo interno en esta mudanza de objeto? El síntoma se enuncia como una cualidad de displacer en el sistema consciente, que con relación al esquema del deseo podría formularse como un displacer que no puede ser tramitado por el estado de deseo, y la sustitución de objeto por el proceso secundario. Puede afirmarse entonces, que el síntoma se adjudica a una presencia efectiva del estímulo interno en el sistema consciente como displacer.

En "La represión" Freud afirma con relación a los afectos, cómo el factor cuantitativo de la agencia representante de la pulsión, tiene tres destinos posibles: su sofocación por completo, su salida como afectos coloreados cualitativamente, o su transformación en angustia. Es decir que Freud distingue por un lado la "representación" y con relación a su represión su retorno, del "factor cuantitativo" que es la presencia efectiva del estímulo en cuanto tal. Entonces, el displacer se asocia a la presencia del estímulo, como un "problema" con relación al proceso de la descarga referido al estado de deseo. Por un lado tenemos que el estímulo interno deviene en Freud la pulsión, en particular la pulsión sexual, con las características que ha enunciado.

La pulsión sexual se articula a un objeto primero de, satisfacción, como Freud lo afirma en los "Tres ensayos de teoría sexual", pero este objeto primero "es el objeto" de la pulsión, si bien en Freud el objeto con que se satisface la pulsión puede ser cualquier objeto de la realidad.

Podemos articular la pulsión con relación al deseo, como el displacer necesario que el aparato debe evitar para trabajar en razón al estado de deseo "en contra" de la pulsión. Si la pulsión surge como demanda de satisfacción con relación al deseo, debe articularse como portadora del displacer que mueve el aparato a producir la descarga con relación a "otro objeto", si situamos al objeto de la pulsión como un "único objeto", el objeto ausente. El objeto pulsional es contradictorio con el objeto de deseo con relación al proceso secundario, y el deseo se postula como un trabajo del aparato anímico en contra de la pulsión. El síntoma representa entonces una dimensión que se articula -con relación al displacer- como un nudo entre la pulsión y el deseo en el que el principio de placer se presenta en su faz de homeostato como un regulador insuficiente, por cuanto el displacer -el síntoma- persiste. El trabajo de la pulsión puede situarse en un más allá del principio del placer, como lo que escapa a la regulación del principio de placer, en razón de la separación del campo de la satisfacción pulsional o goce y el campo del deseo, definido en referencia a una pérdida de objeto originaria.

Pero la emergencia del "Más allá del principio del placer" se sitúa en razón a este carácter de "búsqueda de displacer" que Freud expresa en la "compulsión de repetición", "reacción terapéutica negativa" o "sentimiento inconsciente de culpa". Esta búsqueda del displacer se puede ubicar en algo situable con relación a la pulsión contrapuesta al deseo. También el más allá del principio del placer se ubica, tomando por ejemplo "El malestar en la cultura" con relación al "programa del principio del placer" como lo que se postula como un "anti programa". Pero en este texto, vemos que el programa del principio del placer tiene como causa final "la felicidad" que Freud define como imposible. Por otro lado el programa del principio de placer se postula en el marco de la cultura, y ésta implica la renuncia pulsional en su base. Es situable entonces esta dimensión de no renuncia pulsional, como lo que Freud refiere como pulsión de muerte, en correspondencia al principio de placer en el marco de la cultura.

Por otro lado esto nos introduce de lleno en una dimensión ética, es decir al problema del "bien" en el marco de la renuncia al "Bien supremo", en razón de un otro bien que se presenta como imposible en las vías del deseo. La dimensión de la pulsión es situable concomitantemente con el más allá del principio del placer y la pulsión de muerte, en contraposición con el principio de placer, con la felicidad como meta imposible. Puntuamos aquí lo que Lacan afirma en "El reverso del psicoanálisis" respecto a que sólo el falo es feliz y no su portador; podríamos pensar que el falo se articula a la dimensión del deseo, como lo que pone en valor los objetos sustitutivos del objeto originario.

Lacan en el Seminario "La ética del psicoanálisis" manifiesta; "Pues bien, el paso dado, a nivel del principio de placer, por Freud, es mostrarnos que no existe Soberano Bien, que es das ding, que es la madre, que es objeto del incesto, es un bien interdicto y que no existe otro bien. Tal es el fundamento, invertido en Freud, de la ley moral." (15)

El sujeto entonces, está exiliado de lo que constituye el Bien, puesto que hay un corte entre el sujeto y el objeto de su satisfacción. Objeto interdicto que supone que las vías de búsqueda del sujeto se conectan con un abandono del objeto que constituye su "Bien". El punto de "Ideal" con relación al sujeto se sitúa con relación a lo interdicto; y lo interdicto tiene como consecuencia de que el Soberano Bien al que refiere Lacan, se sitúe en el objeto "a", como perdido, separado del sujeto. Los "bienes" sólo pueden postularse como reemplazos de la pérdida del Soberano Bien; por ello es pensable en Lacan, la articulación de Kant con Sade.

Esquemáticamente tenemos en Freud que en las formulaciones iniciales del principio del placer, supone en su base al principio de constancia, que presenta las características paradojales enunciadas; pues puede significar mantener la vida en un nivel de excitación óptimo (pese a no tener referencia para lo óptimo); o puede significar también alejar a la vida de cualquier proceso de estimulación. Esto significa operar con el objetivo de la tensión cero, es decir, la muerte. De allí la equiparación posible entre principio de inercia neuronal y principio de nirvana al servicio de las pulsiones de muerte.

En la primera formulación:

a) Principio de constancia, como tendencia del aparato anímico a la tensión cero o el mínimo de excitación.

b) Irrupción del estímulo interno (pulsión) en el aparato anímico. Cualidad de displacer debido al incremento de la carga.

c) Principio de placer como el homeostato que rige la descarga. Estado de deseo, procesos primario y secundario. Descarga, disminución del estímulo.

d) Recomienzo del proceso. Carácter constante de la pulsión.

Luego de 1920 con la introducción del "Más allá del principio del placer", esto se transforma, principalmente con lo enunciado en "El problema económico del masoquismo".

Tenemos:

a) Principio de nirvana a1 servicio de las pulsiones de muerte, como tendencia (se supone activa) que hace tender a 1a vida orgánica a 1a estabilidad de 1o inorgánico.

b) Irrupción de las pulsiones de vida, e1 principio de nirvana es transformado en principio del placer.

c) Tensión placentera. Displacer-placer se diferencian de 1a pulsión de muerte.

d) Principio de placer como guardián de 1a vida. Pulsión sexual, carga del aparato a1 servicio del principio del placer. Descarga igual placer. Pérdida del estatuto económico del displacer. Inclusión con relación a la tensión de factores cualitativos.

e) Pulsión de muerte como carga, o tensión del aparato que hace tender la vida a lo inorgánico.

f) Posibilidad de mezclas y desmezclas pulsionales. Domeñamiento -o no- de la pulsión de muerte en función de las pulsiones de vida.

Agregamos que en Freud no queda totalmente claro con relación a la pulsión de muerte, si ésta significa la desaparición física del sujeto, es decir 1a necesaria muerte biológica (o de otro sujeto en razón de su mudanza en agresión), o implica otra cosa, algún otro valor que pueda formularse como metáfora. Entendemos que no sólo está implicada esta dimensión de 1a desaparición física, sino una serie de fenómenos que no 1a implican necesariamente; son los que Freud deslinda por ejemplo en "El yo y ello" en razón de la reacción terapéutica negativa.

Es con relación a esto que la pulsión de muerte es situable en una dimensión ética, como lo que contradiga al programa del principio del placer en el marco de la cultura, y esto no es posible sino el marco de los valores del "Bien" y de los "bienes". Paradoja ética que Lacan formula como el porqué la vida puede desear la muerte. Precisamente esta dimensión puede significarse en el masoquismo moral al que Freud alude en "El problema económico del masoquismo". La pulsión de muerte es situable en la satisfacción masoquista del yo que allí enuncia en correspondencia a la resexualización del complejo de Edipo. Este "desear la muerte" se sitúa entonces en conexión a la "vida" que la ganancia de realidad puede ofrecer, con todas las implicancias en derredor al objeto que hemos reseñado.

En referencia a las dimensiones del objeto, tenemos la diferencia entre el objeto "a" y el I(a), que en Freud podría decirse que existe un principio de distinción, pero se confunden a su vez. El principio de distinción es ubicable con relación al esquema del funcionamiento del aparato en estado de deseo, basado en un primer objeto que funciona en la economía psíquica en razón de su ausencia, como la búsqueda en el retorno de la huella mnémica. Este objeto de deseo es de naturaleza incestuosa como constituyente de la raíz misma del deseo, que deviene pérdida de este objeto de búsqueda por la sustitución de la identidad de percepción por la identidad de pensamiento. Es decir en el proceso del estado de deseo, necesariamente se afirma una distinción entre objetos. Por otro lado tenemos los desarrollos de Freud con relación a la interdicción del incesto articulado al complejo de Edipo y el complejo de castración, en el que se manifiesta la renuncia a los primeros objetos de amor.

Con relación al incesto, es necesario distinguir lo que podemos decir como su formulación en el marco de una relación sexual, en el sentido de un deseo genital del hijo por la madre, que situaríamos más bien en un plano de rivalidad imaginaria con el padre con relación al complejo fálico; distinguible del incesto entendido en conexión a los objetos "a" producto de la dialéctica del sujeto con el Otro; pensable este Otro, sin ser necesariamente equivalente con el Otro como la madre. Es en esta dialéctica donde situamos el incesto, donde el planteamiento de Otro inconsistente, deviene la pérdida del objeto incestuoso. El incesto se situaría en la dimensión de la obturación de este Otro como barrado.

En Freud si bien existen las diferencias señaladas, no se distingue el objeto de la pulsión parcial, el objeto "a" en Lacan, de los objetos revestidos imaginariamente como I(a), si bien podría tal vez hacerse en razón de la libido narcisista que discierne en "Introducción del narcismo" y "El yo y el ello". Esta distinción de objetos, se nos presenta esencial para fundar una articulación posible entre el principio de placer y el más allá del principio del placer.

Es con relación a este objeto interdicto, según lo que plantea Lacan, que se da la economía básica del aparato psíquico con relación al principio del placer. Es por ello que traíamos anteriormente lo que aduce Lacan respecto a que no existe el Soberano Bien, pues es con relación a éste como interdicto, que se ordena la economía del aparato psíquico. "En Freud, la característica del placer, se encuentra del lado de lo ficticio. Lo ficticio, no es por esencia lo engañoso, sino, lo que llamamos lo simbólico."(16) "Que el inconsciente esté estructurado en función de lo simbólico, que lo que el principio de placer haga buscar al hombre sea el retorno de un signo..." (17). El principio de placer se postula como el homeostato que rige una búsqueda de lo "ficticio" al decir de Lacan; así, el placer se articula como un retorno de los signos o el "automaton significante" tal como se postula en "Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis". Pero esta "economía del significante" se halla regida por el más allá del significante, el objeto "a" o das ding en "La ética del psicoanálisis": "Más allá del principio de placer, en el horizonte se dibuja el Gute, das ding..." "No puede soportar lo extremo del bien que puede aportarle das ding..." (18)

Es en razón de este carácter de das ding, que Lacan menciona que Freud al final de su recorrido, se vuelve a encontrar con das ding, y a partir de una paradoja ética con relación a la reacción terapéutica negativa, que es la de que la vida prefiera la muerte. "No existen el objeto bueno y el objeto malo, existe lo bueno y lo malo y después existe la Cosa. Lo bueno y lo malo ya entran en el orden de la Vorstellung, están allí como índices de lo que orienta la posición del sujeto, según el principio de placer, con relación a lo que nunca será más que representación, búsqueda de un estado elegido, de un estado de anhelo, de espera ¿de qué? De algo que siempre está a cierta distancia de la Cosa, aunque está reglado por esa Cosa, la cual está más allá." (19)

Por otro lado, Lacan dice: "Pero según las leyes del principio de placer, el significante proyecta en ese más allá la igualación, la homeostasis, la tendencia a la carga uniforme del sistema del yo como tal al hacerlo. La función del principio de placer es, en efecto, llevar al sujeto de significante en significante, colocando todos los significantes que sean necesarios para mantener en el nivel más bajo la tensión que regula todo el funcionamiento del aparato psíquico." (20)

Ante estas citas, marcamos dos cosas centrales, la primera es que la Cosa, se sitúa más allá de toda representación, como inasimilable al significante, pero, por otro lado, se presenta como lo que regula el principio de placer con relación al significante, como una búsqueda y evitación de la Cosa. El más allá del principio de placer, no es enfermedad o patología: es parte constituyente de la economía del aparato anímico, es, nachtraglich, el centro del descubrimiento freudiano.

Lacan al hacer la introducción de la Cosa freudiana, realiza un salto importante en el sentido de incorporar lo real, como real del goce, a partir del resto de real que supone la Cosa, como no asimilable al significante, incorporando en el centro de la experiencia analítica, lo real como lo que regla lo simbólico en razón del principio de placer, articulado éste con su más allá.

En la fórmula del fantasma $ () a, lo que se postula es por un lado, la consistencia fantasmática del sujeto, se opera en razón de su relación de exclusión entre el "a" y el $, el sujeto dividido. La introducción del más allá del principio de placer, supone la incorporación de lo real en el seno interno de la experiencia analítica, como lo que regla lo simbólico, a partir de la articulación de la dimensión del goce, como el real por excelencia de la experiencia analítica. Esto trae como consecuencia, articular la dimensión de la pulsión con relación a la Cosa; pero por otro lado, implica una formulación original de la dimensión de la realidad, a partir del registro de lo imaginario que recubre lo real, por la extracción del objeto "a", transformándose la realidad como un estatuto precario, como un delirio colectivo. Esta no extracción del objeto "a", trae como consecuencia la aparición del objeto en su dimensión de real, como lo plantea Lacan en "La angustia", al referirse a las flores muertas, de las voces que se escuchan en las psicosis. Esta relación de exclusión en el fantasma del objeto "a", deviene central para la articulación al punto de falla del otro simbólico, haciéndose pertinente una distinción entre el otro, como deseo del otro, y un otro del goce, como un otro consistente, sin punto de falla.

Con relación a la pulsión, articulada con el objeto "a", marcamos que representa con relación al cuerpo, el goce. Mas es necesario precisar, que hablamos de un cuerpo atravesado por el significante, quedando este goce anudado al objeto "a", presentado como los agujeros topológicos en el Otro, producto de la dialéctica sujeto-Otro, quien por esta operación de pérdida del objeto "a", queda este Otro ausente de goce, como una relación de exclusión, como lo expresa Lacan en "De un Otro al otro", respecto al Otro como una explanada limpia de goce. Y es precisamente con relación al objeto "a" y al Otro, que Lacan articula distintas estructuras diferenciales de sujeto.

Este Otro limpio de goce, puede presentarse de manera totalmente diferente en el fantasma perverso, distinguible al fantasma neurótico. El sujeto perverso, es el que ocupa con relación al Otro, la posición del objeto "a" como pérdida u objeto de desecho, obteniendo a partir de esta posición subjetiva, un Otro obturado en su punto de falla. Lacan en "El reverso del psicoanálisis" dice: "¿Qué es lo que tiene cuerpo y no existe?, respuesta, el Otro con mayúscula." (21).

A partir del lugar subjetivo en la posición de la pérdida, el sujeto perverso obtura la pérdida en el Otro que hace a su inconsistencia, de esta manera hace existir al otro, articulándose esta posición subjetiva, como Freud lo expresaba en "Pulsiones y destinos de pulsión", respecto al trazado de la pulsión con relación al yo del sujeto. El goce se postula como goce del Otro, no del sujeto. Lacan en "De un Otro al otro", dice que los perversos son defensores de la fe, son los últimos creyentes que van quedando. Decimos, creen en el goce del Otro. En la psicosis, tenemos que no se produce esta extracción del "a", quedando un Otro consistente, y el objeto "a" en su pura dimensión de real, en la constelación subjetiva. No se produce una distancia entre cuerpo y goce, deviniendo equivalentes goce y Otro. Freud con relación a las psicosis, puntuaba que no existe posibilidad de refugio de la libido en la fantasía; decimos que precisamente, porque el fantasma no está constituido en razón de la no extracción del "a", como una castración real producida, como una carencia de la automutilación inducida que implica la pérdida, como lo decía Lacan en "Los cuatro conceptos...", en razón de la dialéctica entre sujeto y Otro. En las psicosis, tendríamos que el sujeto no está exento del lenguaje, mas se encuentra fuera de discurso, por cuanto éste se constituye en razón de la pérdida. Esta pérdida es producto de la inconsistencia del Otro, como lo expresa el matema de Lacan S (A).

El Otro para representarse, precisa de otro significante que necesariamente se debe postular como externo al Otro, pues el significante no puede significarse a sí mismo. Es lo que Lacan enuncia como "No hay universo del discurso", el discurso se define a partir de la imposibilidad de su cierre. En esta falla del discurso, el sujeto puede advenir como sujeto del discurso, como sujeto del significante. Sin esta falla, el sujeto se encuentra en el lenguaje, pero no tiene lugar de entrada en el discurso, y no existe distancia entre lenguaje y goce. La castración se presenta como necesaria para el acople del sujeto a la realidad, que supone una distancia con lo real. Allí es donde se articula el significante amo, que Lacan en "El reverso del psicoanálisis" dice que presenta sólo un parentesco muy lejano con el padre.

Estos desarrollos esquemáticos y generales, acuden para ejemplificar las dimensiones del más allá del principio de placer, articuladas con relación al Otro y el objeto "a", como una posibilidad de la utilización de una dimensión estructural de las diferentes ubicaciones de un sujeto con relación al lenguaje. Dimensión estructural, que implica en su base la incompletud de la estructura -como simbólica-, porque precisamente este objeto "a" se presenta en la dimensión de la falla de todo discurso.

Es decir, las relaciones fundamentales entre significante y goce, como las relaciones fundamentales que el discurso analítico apunta a despejar, lo que hace específico en el marco de otros discursos operantes en la cultura, que supone en su centralidad, la articulación del principio de placer con su más allá, como ejes fundamentales del descubrimiento freudiano.

Este más allá del principio de placer, es situable en la dimensión del trabajo analítico, en cuanto a la posición que ocupa el analista, con relación a la posición subjetiva del analizante respecto al goce. Es en correspondencia a esta posición subjetiva y al enunciado de que no existe el soberano Bien –pues este se presenta como interdicto-, en la relación analítica, ¿cómo se incorpora esta paradoja ética?, ¿cuál es la promesa analítica en conexión al Bien o los bienes? La pulsión de muerte surge para indicar que hay otro goce que los de los bienes de la cultura, pero éste se ubica del lado del soberano Bien. Destacamos lo que expresaba Freud en "El malestar en la cultura" cuando dice: "Sobre este punto no existe consejo válido para todos; cada cual tiene que ensayar por sí mismo la manera en que puede alcanzar la bienaventuranza." (22). Lo fundamental a despejar, es cuál es el deseo que pone en juego el psicoanalista con relación a la demanda de análisis, en el cual el problema presenta su faz ética, si esta demanda se realiza en cuanto a la "felicidad" que Freud postula como imposible, deberíamos situarla como un Ideal, y este es situable en la dimensión del soberano Bien, a la Madre como Otro. Esta curva del Ideal, en pensable que conduce al goce pensado como goce "todo", en el cual éste se postula como goce del Otro, no del sujeto.

Un "deseo de curar", sólo puede postularse como un deseo correspondiente a un ideal de cura, y concomitantemente a un ideal de sujeto "sano" o "normal", lo que se ubica como el situar un final de análisis en términos de una relación sexual posible. Un deseo así jugado sólo podría pensarse como obturador de los puntos de falla del Otro, único punto posible donde ubicarse para posibilitar un cambio en la posición subjetiva, es decir, el objeto "a".

Apuntamos que un Otro sin barrar, como la implicación de un sujeto con relación al soberano Bien, abre el campo para que este Otro pueda ser ubicado en la madre, pero no necesariamente como genitora, pero además permite situar al padre, quien puede ocupar es- te lugar del Otro. Tal vez esto antedicho, permite acercarnos a pensar lo que Freud decía en "El porvenir de una ilusión" y "El malestar en la cultura" acerca del padre de la religión. En esta línea, Lacan en "Los cuatro conceptos..." dice: " ... el sacrificio significa que, en el objeto de nuestros deseos, intentamos encontrar el testimonio de la presencia de ese Otro que llamo aquí el Dios oscuro." "Este es el sentido del sacrificio al que nadie se resiste..." (23) Esto es como una aproximación, a lo que Lacan dirá de la posición del analista como hecha de objeto "a", es decir, en el lugar de causa de deseo. En "La ética del psicoanálisis", dirá Lacan de lo único que se puede ser culpable en psicoanálisis es de ceder en su deseo.

3 - MÁS ALLÁ DEL PRINCIPIO DE PLACER Y EL IDEAL ANALÍTICO

Lacan en "Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis", manifiesta: "Pero el análisis no es una religión. Proviene del mismo status que La ciencia. Se adentra en la falta central donde el sujeto se experimenta como deseo. Hasta tiene un status medial, de aventura, en la hiancia abierta en el centro de la dialéctica del sujeto y el Otro." (24) Esta cita es pertinente a los fines de ubicar la pregunta acerca de lo que le es propio al psicoanálisis como discurso, y en particular al deseo con el que opera en la realidad del discurso. La proveniencia del mismo status que La ciencia, nos hace interrogarnos si se confunde con ésta; si así no fuera, cuál es el estatuto mediante el cual se sostiene como discurso.

El status medial al que hace referencia Lacan, de aventura en la hiancia entre el sujeto y el Otro ¿no nos remite a un deseo diferente al que opera en La ciencia? ¿no nos remite a un objeto distinto al de La ciencia? Y esto, ya que en el centro de la dialéctica del sujeto y el Otro, se ubica el objeto "a", como puro agujero o vacío, que el discurso de La ciencia no puede sino recubrir. El deseo del psicoanálisis, se distingue por operar en razón y desde esta hiancia.

También en "Los cuatro conceptos...", respecto al juego de la transferencia, dice que el sujeto se hace amable entrando a jugar la dimensión del engaño, en el cual la transferencia tiende al cierre del inconsciente. En conexión al texto de Freud "Psicología de las masas y análisis del yo", Lacan alude a la dimensión del ideal en la experiencia analítica, y expresa que en la faz engañosa de la transferencia, se produce un encuentro que es una paradoja, el descubrimiento del analista; este descubrimiento que debe situarse con relación a la alienación. Lacan expone: "Te amo, pero porque inexplicablemente amo en ti algo más que tú, el objeto a minúscula, te mutilo." "Me entrego a ti, dice también el paciente, pero ese don de mi persona -como se dice- oh misterio!, se trueca inexplicablemente en regalo de una mierda." (25) "No basta con que el analista sirva de soporte a la función de Tiresias, también es preciso, como dice Apollinaire, que tenga tetas." (26)

La operación de la transferencia ha de regularse de manera que se mantenga la distancia entre el punto donde el sujeto se ve a sí mismo como amable (Ideal), y ese otro punto donde se ve causado como falta por el objeto "a"; lugar soportado por el analista como causa de deseo, intragable a la función significante. A diferencia de otra concepción del final de análisis, con punto culminante en la identificación con el analista, Lacan afirma la distancia entre el Ideal y el objeto "a", en correspondencia a la ubicación del sujeto respecto al objeto "a". En enlace a la fórmula de la hipnosis en Freud en "Psicología de las masas y análisis del yo", como la conjunción en un mismo punto entre el objeto y el Ideal; es decir la confusión en un punto del significante del Ideal y el objeto "a" en Lacan. Este alude a que el análisis se instituyó en la experiencia freudiana, distinguiéndose de la hipnosis, consistiendo la operación analítica, como lo afirma en este Seminario "Los cuatro conceptos...", en el mantenimiento de la distancia entre el Ideal y el objeto "a", deviniendo el análisis una hipnosis al revés, encarnando el analista al hipnotizado; y, de esta manera, llevar al sujeto a la experiencia de la pulsión.

Habíamos enunciado anteriormente, que el concepto de pulsión de muerte en Freud, era pensable en una faz ética, articulándose como límite a la experiencia analítica, como límite en cuanto expresa el punto de imposibilidad de un "deseo de curar" en el analista, contiene una faz ética, pues en el desarrollo de la experiencia analítica, el sujeto puede preferir la muerte a la vida. Dicho de otro modo, con relación al postulado de algún "bien", el sujeto al decir de Freud, puede preferir algo que no conlleva satisfacción e incluso a la compulsión de repetición, jamás pudo portarla. El sujeto busca su "mal" en la aspiración masoquista o en la reacción terapéutica negativa.

Ante este más allá del principio de placer y la pulsión y de muerte, ¿cómo puede pensarse la demanda de análisis y la operación analítica? Lacan en "Los cuatro conceptos...", dice lo siguiente: "El esquema que les dejo, como guía para la experiencia y para la lectura, indica que la transferencia se ejerce en el sentido de llevar la demanda a la identificación, Por medio de la separación del sujeto en la experiencia, porque el deseo del analista, que sigue siendo una X, no tiende a la identificación sino en el sentido exactamente contrario. Así se lleva la experiencia del sujeto al plano en el cual puede presentificarse, de la realidad del inconsciente, la pulsión." (27)

El saber analítico en conexión a la operación analítica, se distingue de la articulación de algún otro saber. Lacan en el seminario "De un otro al otro", indica que la instauración del sujeto supuesto saber, implica la articulación ilusoria del saber como Uno. Hemos visto que en razón de la inconsistencia del campo del otro, el discurso analítico pone en cuestión necesariamente al "saber" en el sentido de su posibilidad de cierre. La operación analítica, no puede plantearse sino en correspondencia a la apertura de este campo, sosteniendo el lugar del punto de su falla. Es decir, el objeto "a", y la hiancia que supone esta operación en conexión al sabery es desde aquí donde puede pensarse lo que Lacan aduce acerca de llevar al sujeto a la pulsión. La referencia al Ideal, adviene a la existencia de un otro que garantiza la verdad, es decir, que se sitúa en el plano de su consistencia. El sostener el lugar del Ideal, hace elidir la dinámica de la verdad, que no es sino elidir la dimensión del objeto "a" como lugar de la falta.

Sostener el lugar de causa del deseo, implica contradicción con el lugar del Ideal; incluso si éste se formulara al estilo de un "debes desear", pues es antinómico al lugar del objeto "a" como causa, implica su elisión. El deseo del analista, como lo expresa Lacan, siendo una X, permite llevar la demanda de identificación, en la cual el saber se articula como Uno, al plano donde éste presenta su falla. La operación de distancia entre el objeto y el Ideal que alude Lacan, nos remite a la "vía del deseo", que no puede sino plantearse para constituirse, como lo hemos visto desde el "Proyecto de Psicología" de Freud a Lacan, como el afirmar necesariamente una pérdida en su base, del objeto que lo colmaría. Es decir, el objeto "a" como causa de deseo, que lleva al aparato anímico, pasa a ser una "máquina de desear"; en el sentido que no puede sino desear. Lo que la dimensión pulsional aporta, es que precisamente, puede no desear; en esta línea es que cabe distinguir el plano de la pulsión sexual parcial, como diferente al estímulo endógeno inicial en la obra de Freud. Lacan en el Seminario "La lógica del fantasma", había distinguido estas dimensiones a partir del "o yo no pienso" asimilable al ello freudiano y la estructura gramatical de la pulsión (como montaje de saber); del "o yo no soy", asimilable al inconsciente y el deseo. El "yo no soy", debe articularse a la dimensión de la falta que ocupa el objeto "a".

Lacan en "La tercera" (Conferencia de Roma), a partir del nudo borromeo simple, anuda los tres registros de la experiencia analítica, que sitúa al objeto "a" en el punto de intersección de los tres. Encontramos que sitúa al Goce del Otro, en la intersección del registro de lo real y lo imaginario; fuera del campo de lo simbólico.

Es por ello que al hablar del otro como agujereado, y de la no existencia de un otro del otro, el objeto "a" se dibuja como el punto de su falla, deviniendo éste el objeto que capta el plus de goce, que implica consecuentemente, la recuperación de goce como efecto de pérdida del Goce Todo. Este Goce del otro como fuera del campo de lo simbólico, se define en conexión al matema S (A) que hemos anunciado anteriormente. Miller respecto a Schreber, dice: "En su delirio, Schreber habla de este goce ilimitado como de una feminización. Por eso, para él, La Mujer existe." (28) Esto está en correlación a los enunciados de Lacan respecto a la ausencia de relación sexual, y a la falla del sistema de lo simbólico, en cuanto a un significante que designe a La Mujer, en lo que constituye las consecuencias lógicas que desprende Lacan, de lo que cuenta como del Complejo Fálico y sus resoluciones. El campo del goce por excelencia, lo encontramos respecto a este otro que no es el S (A), en el cual no se presenta la dimensión de las prácticas de recuperación de goce, por cuanto no hubo pérdida de Goce Todo. La castración, entonces no sólo es para el sujeto, sino también para este otro; que no implica necesariamente la dimensión absoluta del deseo, ante ello es que se presentan el Sujeto Supuesto Saber, el plus de goce, el goce fálico como goce del Uno y el campo de las perversiones.

Este punto de cierre del otro, a partir de la obturación del lugar de la verdad, deviene la posición del sujeto en lugares de las fallas del otro; alojándose el goce -como plus de goce-, en la dimensión del yo. Dice Lacan en "La lógica del fantasma", que el "je" es el verdadero infierno. Este sólo puede postularse a partir del goce, y sólo en contraposición al esquema del deseo. Estas son las dimensiones que a nuestro juicio, pretende aprehender el concepto freudiano de pulsión de muerte.

Lacan, en "Los cuatro conceptos...", divide en dos tiempos lógicos, la operación de advenimiento del sujeto en el campo del otro: el doble tiempo de la alienación y la separación. La alienación lo es del sujeto con relación al lenguaje, y respecto a la separación, dice: "Mediante la separación el sujeto encuentra, digamos, el punto débil de la pareja primitiva de la articulación significante, en la medida en que es, por esencia, alienante. En el intervalo entre estos dos significantes se aloja el deseo que se ofrece a la localización del sujeto en la experiencia del discurso del otro, del primer otro con que tiene que vérselas, digamos, para ilustrarlo, la madre, en este caso. El deseo del sujeto se constituye en la medida en que el deseo de la madre esté allende o aquende de lo que dice, íntima, de lo que hace surgir como sentido, en la medida en que el deseo de la madre es desconocido, allí en ese punto de carencia se constituye." (29)

Marcamos que respecto al segundo tiempo de la separación, el sujeto encuentra su deseo con relación a la falla del sistema significante, en el S1 y S2, que dijéramos anteriormente; que en este caso, este deseo como desconocido del otro -la madre-, permite la articulación de la cadena significante en S1 y S2, en la medida de la inconsistencia de este otro en el punto de carencia, es que puede surgir el objeto "a" en su dimensión de causa. Causa del deseo del otro, en tanto desconocido, que es necesario puntuar, que de ninguna manera este deseo del otro, se confunde con el goce del otro. Por otro lado, el sentido se desliza en la cadena significante, en razón de la primacía de la función significante en cuanto tal.

Lo que Lacan plantea en el Seminario "De un otro al otro", respecto a la articulación del Sujeto Supuesto Saber, ilusoriamente como Uno, cerrado sobre sí, la diferenciamos del Goce del Otro (A sin barrar), en el sentido que la articulación ilusoria, implica necesariamente a la castración, como producción del objeto "a"; lo que nos remite a la dimensión del amor como amor a la debilidad que Lacan refiere en "El reverso del psicoanálisis", el amor como demanda de cierre.

Estas referencias al amor y la posición del analista, podemos referirlas al concepto de pulsión de muerte, que implica articular una dimensión ética. La postura de Lacan, respecto al lugar del analista hecho de objeto "a", presenta diferencias notables con cualquier otra posición que implicare al analista en un "desear algo" respecto al analizante, que supone imprimir el sesgo del Ideal por ello rescatamos el lugar del deseo del analista como una X que refería Lacan. Por ejemplo, un analista "deseante" que el analizante deje de sufrir, de repetir, de ser acosado por el superyó. Ello implica elidir el plano de la verdad, que debe pensarse con relación al objeto "a" como lugar de la falla del Otro, S (A).

El concepto de pulsión de muerte, presenta esta faz ética. Miller dice: "Cuando se supone que el principio del propio bien vale para el sujeto no se puede entender la pulsión de muerte. Por esta razón los psicoanalistas en general, antes de Lacan, habían descartado por especulativa la pulsión de muerte." (30) La pulsión de muerte puede pensarse como un límite ético respecto a la idea de un bien -desde el discurso psicoanalítico para algún sujeto. Recuperamos las paradojas del bien que pueden leerse en Freud en "El malestar en la cultura", donde el Bien, lo que constituye el goce para el sujeto, se encuentra prohibido por la misma existencia de la cultura, quedando el sujeto abandonado a su suerte -en última instancia-, o a su destino; o sea, queda librado subjetivamente a cómo enfrentar el malestar producto de la renuncia pulsional. Los neuróticos, dice Freud, son aquellos sujetos que lo han resuelto mediante la tramitación de síntoma. Principio de placer y más allá se articulan de manera indisoluble, pues el principio de placer, tiene su origen, su fundamento, y aún su causa final, en el más allá del principio de placer.

Incluimos nuevamente lo que Lacan decía en el Seminario "La ética del psicoanálisis": "Pues bien, el paso dado, a nivel del principio de placer, por Freud, es mostrarnos que no existe el Soberano Bien -que el Soberano Bien, que es das ding, que es la madre, que es el objeto del incesto, es un bien interdicto y que no existe otro bien. Tal es el fundamento, invertido en Freud, de la ley moral." (31)

Refiere Lacan en "La ética...", que el descubrimiento de los orígenes paradójicos del deseo, el carácter de perversión polimórfica de sus formas infantiles, llevó a los psicoanalistas a reducir esos orígenes paradójicos para mostrar su convergencia hacía un fin de armonía, arrastrando al psicoanálisis a un moralismo más comprensivo. Hemos visto el lugar que ocupa el objeto con relación a la posición del analista; la armonía a que conduce la exposición de Lacan, es totalmente contraria, pues lleva al lugar del objeto de la pulsión parcial perversa. En vez de una armonía final, Lacan afirma una radical desarmonía, fundamentalmente en lo que hace a la complementariedad entre los sexos: en razón de ésta, se sitúa el lugar preponderante del objeto de la pulsión parcial.

En "La ética...", despeja tres ideales analíticos vigentes: el primero el ideal del amor humano, basado en el ideal del amor genital como modelo de una relación de objeto satisfactoria, higiene del amor la llama Lacan. El segundo ideal es el de la autenticidad, esto es el análisis como una técnica de desenmascaramiento, como un producto acabado que adquiere un valor propio. El tercer ideal, es el de la no-dependencia o una profilaxis de la dependencia. Preciso es marcar, que la formulación basal de este Seminario, es la de que en el plano de la reflexión ética en el psicoanálisis, Lacan explícitamente dice que el camino no es desde lo Ideal, sino que emprende el camino de profundizar en la noción de real; así, va indicando que la posición de Freud, se articula a partir de una orientación de la ubicación del hombre respecto a lo real.

Lacan distingue entre lo ficticio y lo real, siendo lo ficticio lo simbólico; es decir el principio de placer que hace buscar al hombre el retorno de un signo. A partir de lo real, que Lacan busca en Freud en el más allá del principio de placer, dice: "¿Qué es el instinto de muerte? ¿Qué es esa suerte de ley más allá de toda ley, que sólo puede formularse como una estructura última, un punto de fuga de toda realidad posible de alcanzar? En el acoplamiento entre principio de placer y principio de realidad, el de realidad podría aparecer como una prolongación, una aplicación del principio del placer. Pero por el contrario, esta posición dependiente y reducida parece hacer resurgir más allá algo que gobierna, en el sentido más amplio, el conjunto de nuestra relación con el mundo. Esta revelación, este nuevo hallazgo, es lo que está en juego en el Más allá del principio de placer. Y en este proceso surge ante nuestra mirada el carácter problemático de lo que Freud formula bajo el término de realidad." (32)

Esta búsqueda a partir de la profundización del plano de lo real, es ése algo que gobierna; por ello la investigación de Lacan girará en derredor de despejar el das ding freudiano, y su papel en la economía anímica; o sea, el objeto perdido irreductible a la función significante. Esto lleva a la afirmación de la no existencia del Soberano Bien, la madre como interdicta, la cosa como el objeto de la pulsión perversa. No hay otro Bien. El Ideal ético en esta faz, sólo podría conducir a la cosa, forzando el principio de placer. Así Lacan asimila la conjunción de Kant con Sade.

A propósito de la sublimación, Freud en "Introducción del narcismo", afirmaba esta distinción de la sublimación como consistiendo en la satisfacción de la pulsión eludiendo el destino de la represión. Marcamos que el término "sublimación" no es unívoco en Freud, por ejemplo en "El yo y el ello", lo sitúa en conexión a la idealización del objeto, encontrando la pulsión la satisfacción en una meta no sexual. Dice que hay que distinguir la sublimación que concierne a la pulsión, de la idealización que concierne al objeto.

Lacan en el Seminario "La ética ...", dice que es a partir de la distinción entre el objeto estructurado por la relación narcisista y das ding, que se sitúa el problema de la sublimación. Lo afirma con relación a la satisfacción del "trieb", en el sentido de la intervención de la sustitución significante, dando la fórmula de la sublimación, como que ella eleva un objeto (en su inserción en el registro imaginario), que no es la cosa, a la dignidad de la cosa. Lacan trabaja la institución del Amor cortés; en donde se sitúa a la Dama al nivel de la cosa. ¿Qué es la cosa o vacuola?: "Dónde es creada verdaderamente la vacuola para nosotros? En el centro del sistema de los significantes, en la medida en que esa demanda última de ser privado de algo real está ligada esencialmente a la simbolización primitiva que cabe enteramente en la significación del don de amor." (33). Dice luego que la poesía cortés tiende a situar en el lugar de la cosa un objeto: "al que designaría como enloquecedor, un partenaire inhumano." (34); siendo entonces el rodeo que se organiza para hacer aparecer como tal, el dominio de la vacuola, es decir, una cierta transgresión del deseo.

Esta breve disgresión acerca del problema de la sublimación, la puntuamos con el objetivo de hacer una referencia a la implicancia de lo que Lacan despeja de la ética en correspondencia a profundizar el dominio de lo real, a la cosa como real.

Hemos citado, que Lacan establece la conjunción de Kant con Sade en el dominio de la ética, ¿Por qué esto es así? Lacan nos dice: "En suma, Kant es de la opinión de Sade. Pues para alcanzar das Ding, para abrir todas las compuertas del deseo, ¿qué nos muestra Sade en el horizonte? Esencialmente el dolor. El dolor del prójimo y también el propio dolor del sujeto, pues en este caso no son más que una única y misma cosa. No podemos soportar el extremo de placer, en la medida en que consiste en forzar el acceso a la cosa." (35). Este extremo de placer que confina en el dolor, Lacan respecto a Freud en "El malestar en la cultura", dice que no hay común medida entre la satisfacción de un goce en su estado primero, y la que brinda la civilización en sus formas desviadas. Con relación a la obra escrita de Sade, dice que se fija a la transgresión -teórica-, de los límites que impone el principio de placer. Es decir un forzamiento del acceso a la cosa. Lacan afirma que cuando se avanza hacia ese vacío central, en tanto el acceso al goce se presenta de esta forma, el cuerpo del prójimo se fragmenta. Lo que se articula a la teoría del objeto parcial, que se distingue del objeto de amor.

Al dibujar una ética en torno a das Ding, entramos de lleno en la paradoja que hemos enunciado, respecto a que el soberano Bien no existe. En conexión a Kant, Lacan afirma: "Las formas que operan en el conocimiento, nos dice Kant, están involucradas en el fenómeno de lo bello, pero sin que conciernan al objeto. ¿No captan la analogía con el fantasma sádico? -donde el objeto sólo está ahí como poder de un sufrimiento, que en sí mismo no es más que el significante de un límite. Es sufrimiento es concebido aquí como una estasis que afirma que lo que es no puede volver a la nada de la que surgió." (36) Implica el "ex-nihilo" del significante, lo que es pensable con Lacan, a lo real como lo que padece del significante.

El Soberano Bien como el punto del Ideal, se ubica con relación a lo que se presenta extranjero a la función significante, lo que padece de la función significante. La madre como el sostén del objeto perdido, perdido por efecto retroactivo en función de la introducción del significante. Lacan, en enlace al analista y al problema del Soberano Bien, dice que para el analista es cuestión cerrada, "él no lo tiene"; pero además sabe que no existe -en las vías del significante agregamos-. "Haber llevado a su término un análisis no es más que haber encontrado ese límite en el que se plantea toda la problemática del deseo." (37).

Lo que produce un giro en razón de das Ding desde el Ideal hacia lo real, con relación a lo que hace causa del deseo, que no puede sino pensarse en virtud de la imposibilidad del Otro de dar garantía a la verdad, S (A), la función del deseo debe permanecer en una relación fundamental con la muerte..., el desamparo, en el que el hombre en esa relación consigo mismo que es su propia muerte, no puede esperar ayuda de nadie." (38). "Al término del análisis didáctico, el sujeto debe alcanzar y conocer el campo y el nivel de la experiencia del desasosiego absoluto, a nivel del cual la angustia ya es una protección..." (39)

La promesa analítica, con relación al Ideal, nos remite a que no puede tratarse del Soberano Bien, tampoco los bienes, tampoco la felicidad. Dice Lacan: "Propongo que de la única cosa de la que se puede ser culpable, al menos en la perspectiva analítica, es de haber cedido en su deseo." Si por el peso de la Cosa, la ética en psicoanálisis deviene en la de no ceder en su deseo; a dónde nos lleva a situar el deseo del análisis con relación a das Ding? Al mismo nivel de la causa del deseo, pero como apuntáramos respecto a "La angustia", causa de algo no efectuado; que implica mantener la hiancia que se produce entre deseo y goce; que no es sino la hiancia que sostiene a un sujeto como dividido $, en correspondencia a un Otro barrado A.

Un deseo del analista, ¿no conduciría al plano del Universal que sostiene el Soberano Bien? El das Ding en conexión al más allá del principio de placer, ¿no aleja el Ideal del lugar que sostiene el analista? El analista sin Ideal de analizante, ¿qué ética puede sostener? La de no ceder en su deseo, y éste sólo es pensable en función de un Otro como barrado, que al ser un otro, ya no es una madre o un padre.

MÁS ALLÁ DEL PRINCIPIO DE PLACER, REPETICIÓN Y GOCE

En el capítulo tercero de Más allá del principio de placer, Freud a partir de la compulsión de repetición, introduce el concepto de pulsión de muerte, a la vez que realiza la distinción que ya había hecho en "Recordar, repetir y reelaborar": "El enfermo puede no recordar todo lo que hay en él de reprimido, acaso justamente lo esencial. Si tal sucede, no adquiere convencimiento ninguno sobre la justeza de la construcción que se le comunicó. Más bien se ve forzado a repetir lo reprimido como vivencia presente, en vez de recordarlo, como el médico preferiría, en calidad de fragmento del pasado." (40). Dice además, que esta repetición tiene siempre por contenido un fragmento de la vida sexual infantil y por tanto relación al Complejo de Edipo, y se juega de manera actual en la transferencia con el médico.

Distingue además que la represión proviene de los estratos superiores de la vida psíquica, es decir, el yo tomado como causa de la represión, que deniega el acceso a la conciencia. El inconsciente del sujeto no resiste, sino los estratos superiores; y esta resistencia se halla al servicio del principio de placer, para ahorrar el displacer que generaría la liberación de lo reprimido, por la razón de que la compulsión de repetición hace revivenciar mociones que no pueden menos que provocar displacer, ya que activa mociones pulsionales reprimidas. Esta clase de displacer es explicable, al decir de Freud, desde los postulados del principio de placer, pues lo que es displacer para un sistema, puede ser placentero para el otro.

Lo que Freud discierne como asombroso, es que la compulsión de repetición devuelve también vivencias pasadas que no contienen posibilidad alguna de placer, que tampoco en aquel momento pudieron ser satisfacciones, ni siquiera de las mociones pulsionles reprimidas desde entonces.

Esta repetición de vivencias, Freud las adscribe a la vida sexual infantil, en el sentido de sus aspiraciones inconciliables con la realidad: "El vínculo tierno establecido casi siempre con el progenitor del otro sexo sucumbió al desengaño, a la vana espera de una satisfacción, a los celos que provocó el nacimiento de un hermanito, prueba indubitable de la infidelidad del amado o la amada..." (41) "Ahora bien, los neuróticos repiten en la transferencia todas estas ocasiones indeseadas y estas situaciones afectivas dolorosas, reanimándolas con gran habilidad." (42) "Nada de eso pudo procurar placer entonces... Se trata desde luego, de la acción de pulsiones que estaban destinadas a conducir a la satisfacción; pero ya en aquel momento no la produjeron, sino que conllevaron únicamente displacer. Esa experiencia se hizo en vano. Se la repite a pesar de todo; una compulsión esfuerza a ello." (43). "Este eterno retorno de lo igual nos asombra poco cuando se trata de una conducta activa de tales personas y podemos descubrir el rasgo de carácter que permanece igual en ellas, exteriorizándose forzosamente en la repetición de idénticas vivencias. Nos sorprenden mucho más los casos en que la persona parece vivenciar pasivamente algo sustraído a su poder, a despecho de lo cual vivencia una y otra vez la repetición del mismo destino." (44) "...Osaremos suponer que en la vida anímica existe realmente una compulsión de repetición que se instaura más allá del principio de placer." (45)

Estas largas citas del "Más allá del principio de placer", son hechas para intentar delimitar algunas reflexiones acerca de la compulsión de repetición que indica Freud. En primer lugar marcamos lo siguiente: de acuerdo al desarrollo freudiano, la repetición se presenta como algo articulado, como una estructura que determina el acto de la repetición. Este carácter de acto estructurado, solo podría darse a partir de una articulación biológica del mismo, como una conducta instintiva prefigurada en el programa genético -en términos muy simplificados-, o a partir de una articulación significante, que se piensa como "Saber" en Lacan, implicándose en la repetición, la dimensión de las vías que recorre el significante, lo que nos remite a las vías facilitadas del sistema psi del "Proyecto de psicología".

Esta naturaleza significante, en la raíz de la repetición de un sujeto humano en razón de la existencia del lenguaje, puede pensarse con relación a lo que Freud aborda en la lógica del retorno de la huella mnémica, y sus propias maneras de trabajo, por ejemplo en "La interpretación de los sueños". Trabajo significante que es preciso situar en conexión al resto inasimilable al mismo, que se articula como ausencia en el centro del sistema, como el objeto en derredor del cual se dan las regulaciones económicas del sistema psíquico: das ding u objeto "a".

Lacan en el Seminario "La ética...", dice respecto al principio de placer, que es la búsqueda repetida de la identidad de percepción, la búsqueda de un signo que se presenta como imposible de encontrar. Signo de un objeto que refiere a la vivencia de satisfacción. Menciona en ese Seminario, que se vuelven a encontrar las coordenadas del placer, no el objeto; es decir que la repetición básicamente se presenta como una articulación significante, reglado su trabajo por algo no significante, das Ding, y de acuerdo a la modalidad propia del trabajo significante, éste trabaja independientemente del significado, que es una manera de decir que lo simbólico trabaja articulando lo imaginario.

Si al yo lo situamos en el registro imaginario, necesariamente hay un punto de no-juntura entre el trabajo significante y el yo; esto es cotejable al vivenciar pasivo de la repetición a la que alude Freud. Este trabajo significante inconsciente, no puede sino presentarse como diferente o extraño al yo; por ejemplo, la extrañeza ante un lapsus como emergencia de este trabajo significante. Nos remitimos a lo que Freud trabaja en "Lo inconsciente" y en "El yo y el ello", respecto a la problemática de la traducción de la representación inconsciente al sistema consciente, como la conexión entre las representaciones-cosa y las representaciones-palabra.

Puede trabajarse respecto al texto freudiano de "Duelo y melancolía", la ubicación de este objeto ausente al sistema significante, en relación a la diferente posición que puede ocupar en la dialéctica del sujeto y el otro. La sombra del objeto caída sobre el objeto a, nos remite por oposición, a que la distancia con el objeto, no puede sino producir un desconocimiento acerca del mismo: el poco de realidad, que se distingue de lo real. Y si por otro lado, con relación a lo propio del trabajo significante al que hacíamos referencia, el yo como "je", no puede ser sino desconocimiento del objeto como real, y ausencia de la estructura significante de la repetición. Lacan dice en "La lógica del fantasma", con relación al cogito cartesiano, que el "soy" no es otro en definitiva que el conjunto vacío, puesto que se constituye por no tener ningún elemento, siendo interesante cotejarlo con el enunciado de Freud, acerca de que la conciencia surge en reemplazo de la huella mnémica.

En este Seminario, en lo tocante a la repetición y el acto, dice que la repetición es intrínseca a todo acto, y que ella se ejerce en el seno de la estructura lógica por el efecto de la retroacción de la incidencia significante que es puesta en su centro. Recordamos por ser esencial en lo que hemos formulado anteriormente, que esta estructura como estructura significante es solidaria con lo que es el significante. En este caso, que el significante no puede significarse a sí mismo; si la repetición es un saber estructurado, debemos referir que precisa de otro significante para representar como saber (S2). En el seminario citado precedentemente, dice que en el acto, es el único lugar donde el significante tiene la "apariencia" de significarse a sí mismo. Esto nos permite abrir una vía para pensar el acto, como una posibilidad de evitar la concatenación significante, e implicar a un Otro consistente en la medida de la producción del acto.

En correspondencia a la búsqueda de un signo a que nos somete el principio de placer, esta búsqueda se articula en términos repetitivos, como lo decía Freud: está reglado por el "repetir" la vivencia de satisfacción. Esta búsqueda implica la pérdida de un objeto, una ausencia de objeto. En esta línea es pensable lo que leemos en "Duelo y melancolía", como una "presencia" del objeto. Si esta búsqueda se articula necesariamente con una pérdida de objeto, es necesario decir que la pérdida de objeto deviene central en la articulación de la repetición, e incluso, se presenta como dimensión ineludible de la posibilidad misma de la existencia del discurso como vínculo social, y hasta para la existencia de la cultura.

¿Por qué Freud despeja el más allá del principio de placer de la compulsión de repetición? En primer lugar, entendemos que básicamente Freud lo articula en conexión al masoquismo, como lo afirma Lacan en "El reverso del psicoanálisis". De acuerdo a las citas realizadas precedentemente del "Más allá del principio de placer", es evidente que Freud sitúa la pulsión de muerte en referencia a la acción repetitiva, en pos de algo que se sitúa más allá del principio de placer. En este punto es cotejable al masoquismo.

Apuntamos que Freud, según entendemos, presenta un giro respecto a las nociones de placer y displacer. En los comienzos del desarrollo teórico, el principio de placer (o de displacer), era postulado como el principio regulador de la descarga en razón del displacer producto de la carga del aparato anímico en razón de la intermitencia del estímulo interno y de la no posibilidad de huida. Nos interrogamos acerca de lo que Freud dice acerca de la emergencia de lo reprimido que sería sentido como displacer -sería la carga-, marcamos que el displacer aquí se refiere a lo reprimido, que no puede sino ser una representación, no es el estímulo interno, sino la pulsión. Podemos enunciar entonces que la depresión se produce como evitación de displacer.

Freud dice que lo asombroso es que la compulsión de repetición, devuelve vivencias pasadas que no contienen posibilidad alguna de placer, lo que en comparación con la noción económica primera del principio de placer, no puede menos que remitirnos a que la carga como displacer mueve al aparato. Y lo hace no con la función central de lo que la descarga puede significar en sí -el placer-, sino en razón de la cesación de la carga -el displacer-, como la función central del funcionamiento del aparato anímico. Esto nos lleva a pensar la investidura de la huella mnémica, como búsqueda de la satisfacción alucinatoria (que prescinde de la realidad), la no posibilidad de descarga en la vía alucinatoria, deviene la persistencia del displacer -creemos que esta es una manera de intentar cercar el síntoma-; esta persistencia de la búsqueda alucinatoria, es pensable con relación a la compulsión de repetición, como una "búsqueda" -mediante la vía repetitiva-, de una satisfacción imposible por estructura, lo que determina que de no operarse el cambio de vía o la sustitución de objetos, deviene la persistencia del displacer.

El cambio de vía, se implica en Freud con el abandono del objeto incestuoso como primer objeto (y único objeto), a cambio de un objeto del campo de la realidad, que como la hemos definido, se sostiene por la extracción de su campo del objeto "a". En esta breve puntuación, agregamos que Freud alude a esta compulsión de repetición, a las vivencias sexuales infantiles, a la espera de una vana satisfacción, que inevitablemente nos remite a los desarrollos de "La interpretación de los sueños". Por otro lado, nos envía al segundo tiempo de la alienación al lenguaje, la separación que Lacan formula en "Los cuatro conceptos..."; esta separación se establece en razón de este objeto "a" en juego en la repetición; así, la repetición no puede sino articularse con relación a este objeto, en el que anudamos el registro de la pulsión. Por otro lado, se articula necesariamente a la castración. Este objeto "a" se articula con el Otro, como la pérdida operada en la dialéctica del sujeto y el Otro. La repetición en términos generales, sólo puede situarse en el centro de esta dialéctica, que no es sino la dialéctica que Lacan formula como demanda y deseo.

Lo que habíamos expresado acerca de la repetición, como referida a "alguien" en la situación de transferencia, diremos en una aproximación, que debemos ubicarla en correspondencia a este Otro que el analista viene a encarnar en la demanda de análisis.

Recordamos que Freud distingue entre el vivir activamente y pasivamente la compulsión de repetición. Nos preguntamos si realmente presentan diferencias estructurales, aunque pensamos que la estructura básica no puede ser diferente. Una aproximación al problema la constituye lo que dijéramos precedentemente acerca del trabajo significante con relación al yo, que implica necesariamente un desconocimiento del trabajo significante. Por otro lado, es pensable que al existir una castración efectiva, el vivenciar pasivo puede implicar una suspensión de la castración en el Otro, lo que Lacan articula como el Uno.

La articulación de la compulsión de repetición en Freud, en conexión al más allá del principio de placer, nos lleva a decir que la repetición es inseparable de la dialéctica entre principio de placer y su más allá. Como Lacan lo alude en "La ética del Psicoanálisis" en conexión al Ding freudiano, que presenta al principio de placer reglado por la Cosa, o como lo afirma en "De un Otro al otro", la repetición se plantea como una evitación de la Cosa, a la vez que un acercamiento por la vía del significante.

Freud discierne la compulsión de repetición, con relación a algo que se sitúa más allá del principio de placer, en la que más allá de la proliferación de lo imaginario con validez retroactiva a la vida infantil, es necesario discriminar esta frustración real con la que se constituye un sujeto, a través de la pérdida de un objeto delimitada por la castración. Allí es donde Freud sitúa una satisfacción imposible, situada en la base precisamente del principio de placer como su más allá. Así se tornan comparables el "Proyecto de psicología" y "La interpretación de los sueños", con el "Más allá del principio de placer", en cuanto a la dimensión estructurante de una ausencia. Entre ambas etapas, se encuentra la formulación de la pulsión sexual parcial.

Lacan en "Los cuatro conceptos...", despeja la repetición como uno de los cuatro conceptos fundamentales –quizá mejor como uno de los fundamentos, ya que habría que precisar si un concepto hace fundamento-, mas distingue en la dimensión de la repetición, la tyche del automaton, definiendo el primero como encuentro con lo real, y el segundo referido a la red de significantes.

Respecto al automaton, Lacan puntúa que se trata de la red de significantes, del retorno, de la insistencia de los signos a que nos somete el principio de placer; siendo lo real lo que yace tras el automaton: "y toda la investigación de Freud evidencia que su preocupación es esa." (46) La tyche, es definida como un encuentro con lo real, de un encuentro esencial, de una cita siempre reiterada con un real que se escabulle. "La función de la tyche, de lo real como encuentro -el encuentro en tanto que puede ser fallido, en tanto que es, esencialmente, el encuentro fallido se presentó primero en la historia del psicoanálisis bajo una forma que ya basta por sí sola para despertar la atención -el trauma."(47)

Qué es entonces la tyche como encuentro fallido? Lacan realiza un trabajo del sueño que presenta Freud en "La interpretación de los sueños", acerca del hijo muerto que es cuidado por su padre: "En él, el deseo se presentifica en la pérdida del objeto, ilustrada en su punto más cruel. Solamente en el sueño puede darse este encuentro verdaderamente único. Sólo un rito, un acto siempre repetido, puede conmemorar este encuentro inmemorable pues nadie puede decir qué es la muerte de un niño -salvo el padre en tanto padre- es decir, ningún ser consciente." (48)

Respecto al automaton y el fort-da, Lacan menciona que el "fort" lo es de un "da", es decir un juego significante, siendo el sujeto el hilo y el carrete el objeto "a", en la medida que el niño no ansía el retorno de la madre, lo demandaría con un grito; busca aquello que no está en tanto que representado. La tyche entonces, es ese encuentro con lo real, en la medida de encuentro fallido, pues no existe un objeto para el sujeto, salvo en lo tíquico. Por ello Lacan expresa que los estadios cristalizan cada uno de los momentos de una dialéctica que tiene como centro un mal encuentro: el mal encuentro central se ubica en lo sexual.

Este mal encuentro a nivel de lo sexual, debe situarse en la dimensión de las paradojas de la sexualidad que hemos trabajado respecto a los desarrollos de Freud respecto a la pulsión y el falo. En esta línea, dice Miller: "Esto explica por qué el sujeto que se coloca dentro del dispositivo analítico está sometido a una histeria estructural. No es sólo porque se siente hendido de nuevo por los efectos del significante, sino porque se ve lanzado volens nolens a la búsqueda del significante de la mujer que haría falta para que exista la relación sexual." (49). El mal encuentro central se ubica en lo sexual; Lacan en el Seminario "La angustia", dice que el goce del hombre y la mujer no se conjugan orgánicamente, puesto que el falo no realiza salvo en su evanescencia, el encuentro de los deseos pierde consistencia y pasa a ser el lugar común de la angustia.

En otro apartado dice que el orgasmo es equivalente a la angustia, como que ésta no engaña. Ambos se encuentran a nivel de la falta, del menos fi de la castración, donde es articulable las dimensiones de la pulsión y el falo. No hay relación sexual, es la conclusión necesaria que desarrolla Lacan. Con relación a la repetición, vemos que ésta se sitúa en la dialéctica del mal encuentro, pues tiene como centro un objeto perdido que no se presenta reencontrable en las vías del significante en la articulación repetitiva; sino por lo contrario, su búsqueda se sitúa con relación a su pérdida como resultado. Forzar el acceso a la Cosa, como decía Lacan en "La ética del psicoanálisis" confina en el dolor y el sufrimiento, sólo puede darse en razón de un goce más allá del principio de placer.

Lacan en el Seminario "De un Otro al otro", dice que no es esencial ubicar este resorte en donde surge, y que no es otra cosa que eso en lo cual el neurótico reinterroga esta frontera que nada puede de hecho suturar, aquella que se abre entre saber y goce. El neurótico pone en cuestión lo que se refiere a la verdad del saber. La verdad del saber como S2, es que precisa de otro significante para representar. La verdad del saber, es que no puede sostenerse por sí.

También afirma que la transferencia se define por relación al lugar del Otro, lugar donde el saber se articula ilusoriamente como Uno, y al interrogar así el funcionamiento de quien busca saber, es necesario que todo lo que se articula, se articule en términos de repetición.

Esta repetición demoníaca que expresaba Freud, la podemos situar como una repetición estructural inherente a la misma existencia del discurso; lo que la hace demoníaca, es el carácter pasivo en que es sufrida por un sujeto, lo que nos lleva a la posibilidad de pensar en conexión a este saber que se articula en la repetición, en la figura del Sujeto Supuesto Saber, en la interrupción de la realidad del significante, que es la de no significar nada. La instauración de este Sujeto Supuesto Saber, implica un trabajo de obturación del objeto en tanto perdido, a través de lo que Freud afirmaba como amor de transferencia. La repetición debe articularse en enlace a la castración, mediante el Sujeto Supuesto Saber, el sujeto puede suspender la dimensión de ser causado en el deseo, articulándose la repetición en función de un Otro deseante, suspendiendo la imposibilidad de la relación sexual. Este saber que trabaja, es pensable como lo que el analista recupera a partir de las formaciones del inconsciente, que son emergencias de este saber significante, que trabaja con relación a la producción de un plus de goce.

En "De un Otro al otro", Lacan expresa que partiendo de una de las fórmulas fundamentales, cual es la definición de significante, como lo que representa a un sujeto para otro significante, que tiene la consecuencia que un significante no podría significarse a sí mismo, que nadie podría definirlo salvo otro significante, que es a su vez un significante; el sujeto aparece borrado a la vez que aparecido. El significante con relación al sujeto, no podría reunirse en su representante de significante, sin que se produzca una pérdida de identidad que se llama objeto "a". Dice que esto es lo que designa la teoría de Freud en lo concerniente a la repetición, mediante la cual nada es identificable a ese algo que es el recurso al goce; en la cual por la virtud del signo, algo distinto viene a su lugar, es decir el trazo que la marca no puede producirla sin que un objeto se haya perdido allí. La repetición se articula necesariamente como repetición significante, pero a su vez es necesario sostenerla de lo que resulta de la introducción del significante, es decir, esta dimensión de pérdida, que no es sino articular la repetición en términos significantes en conexión al goce.

En "De un Otro al otro", dice Lacan acerca del Einziger Zug, el trazo unario, que Freud delinea una de las fuerzas de lo que él llama la identificación, que en ese trazo reside lo esencial del efecto de lo que es para los analistas lo que se llama la repetición, que está ligado de un modo determinante a una consecuencia que Freud designa como objeto perdido. Es decir, el goce está dirigido a un esfuerzo de rehallazgo, que ese goce no podría ser reconocido más que por efecto de la marca significante que Lacan plantea como su forma más elemental que es el trazo unario. Este desarrollo de Lacan, es cotejable con lo que Freud discernía acerca de la huella mnémica en el "Proyecto de psicología" en conexión al objeto de la vivencia de satisfacción.

Dice Lacan, que el sujeto hace la estructura del goce, pero todo lo que puede esperarse de ello son prácticas de recuperación, que eso que él recupera no tiene nada que ver con el goce, sino con su pérdida. Esto implica que por efecto de la marca, el goce deviene recuperación de goce como plus de goce. En el mismo movimiento de pérdida se produce esta recuperación de goce, que no es sino la pérdida del Goce Todo. La repetición se articula necesariamente entonces al discurso, como práctica de recuperación de goce, que tiene en el centro de su funcionamiento al goce y la dimensión de la pérdida. El Saber deviene medio de goce, en conexión a la pérdida, como uno de los términos significantes necesarios para operar la pérdida de goce, el objeto "a" y el saber como S2.

Lacan expresa respecto al efecto de pérdida, que se ubica en la apertura que se produce entre el cuerpo y su goce producto de lo simbólico, que lo que la determina es la incidencia de la marca, el trazo unario.

¿De dónde viene ese significante, aquel que representa al sujeto para un otro significante? Dice Lacan que de ninguna parte, porque él no aparece en este lugar, mas que en virtud de la retroeficiencia de la repetición. Es porque el trazo unario apunta a la repetición de un goce, que otro trazo unario surge a posteriori, "nachtraglich" en términos de Freud. Estas referencias de Lacan, representan una puesta en cuestión de lo que articulaba como nombre-del-padre en su función simbólica en "Las psicosis", en consonancia a las formulaciones respecto al padre que hará en "El reverso del psicoanálisis". Por otro lado, marcamos que el esquema anterior representa una formulación consonante con los esquemas freudianos del retorno de la huella mnémica presentes en el "Proyecto de psicología" y "La interpretación de los sueños", nos preguntamos en que medida son cotejables el retorno de la huella mnémica con relación al S1-S2.

Lacan postula al otro como un conjunto vacío y su indispensable absorción de un trazo unario bajo la especie de un significante. Esto no se produce mas que por el hecho que en el lugar del S1 hay lo que hay: este goce enigmático atestiguado de que "no se sabe nada de él más que él quiere otro goce. El S1 apunta a la repetición del goce, pero mediante otro significante, el S2, que se plantea como un saber que trabaja como medio de goce, con relación al goce enigmático de la marca, el S1. Esta repetición del S en el S2, produce la falla en el objeto "a", como el lugar de la pérdida y el lugar de la recuperación bajo la forma de un plus de goce.

Con relación al trazo unario, Lacan en "Los cuatro conceptos..." refiere: En nuestro vocabulario, en cambio simbolizamos con una S tachada al sujeto en tanto constituido como segundo respecto del significante. Para ilustrarlo les recordaré que esto puede presentarse de la manera más simple en el rasgo unario. El primer significante es la muesca con que se marca, por ejemplo, que el sujeto ha matado a un animal, con lo cual ya no se enredará en su memoria cuando haya matado diez más. No tendrá que acordarse de cuál es cuál -los contará a partir de ese rasgo unario." (50). También allí expresa que el rasgo unario no está en el campo primario de la identificación narcisista, y que el campo del Otro es lo que determina la función del rasgo unario, en la medida en que por él se inaugura un tiempo mayor de la identificación en la tópica que entonces desarrollaba Freud con relación al Ideal del yo.

El trazo unario es entonces, la primera marca significante en el sujeto; es decir, inaugura la función significante. Lacan la despeja como marca en el cuerpo, la primera marca significante que inaugura la posibilidad del conteo, siendo esta marca la raíz del Ideal del yo. El ser la primera marca, es lo que le permite funcionar como s, en el sentido de significante primero que se repite ante el S; un otro significante que representa en la concatenación, a un sujeto. Recordamos, que a Freud se le planteaba la dificultad, con relación al retorno de la huella mnémica, si el paso del sistema inconsciente al consciente (o preconsciente), se producía por una movilidad de la representación inconsciente o un traslado de la conciencia hacia la representación.

Esto que trabajó en "Lo inconsciente" y "El yo y el ello", resolviéndolo a partir de la conexión entre las representaciones-cosa y las representaciones palabra, como modalidades propias del trabajo inconsciente y consciente respectivamente, creemos pensable esta problemática, con relación a la concatenación S1-S2 (no en términos absolutos). Este cotejo es pensable, en razón que la repetición a la que apunta el S (huella mnémica inconsciente), se produce con relación al S2, el saber como medio de goce (relacionable a los objetos de la realidad dependientes del proceso secundario en Freud). Esta función de marca del trazo unario, es lo que le permite funcionar como S1; que en su pura función de marca -al no representarse ante otro significante-, es puro sin sentido.

Lacan, en "El reverso del psicoanálisis" dice: "La repetición es una denotación precisa de un rasgo que he extraído para ustedes del texto de Freud como idéntico al rasgo unario, un palote, un elemento de la escritura, un rasgo en tanto conmemora una irrupción del goce." (51). "Así, el significante se articula representando a un sujeto ante otro significante. De aquí es de donde partimos para dar sentido a esta repetición inaugural en tanto repetición que apunta al goce." (52)

"Este saber muestra aquí su raíz en el hecho de que, en la repetición, y para empezar bajo la forma del rasgo unario, resulta ser el medio del goce, del goce precisamente en tanto supera los límites impuestos, bajo el término de placer, a las tensiones usuales de la vida. Lo que se manifiesta con este formalismo, para seguir a Lacan, es, como acabamos de decir, que hay pérdida de goce. Y la función del objeto perdido, lo que yo llamo el objeto a, surge en el lugar de la pérdida que introduce la repetición. Qué nos impone todo esto, sino la fórmula de que, en el nivel más elemental, el de la imposición del rasgo unario, el saber que trabaja produce, digamos, una entropía." (53)

Lacan plantea que en el "Más allá del principio del placer", Freud marca esta función de la repetición, que lo que precisa la repetición, es el goce, que se inscribe en una dialéctica del goce, que es propiamente lo que va contra la vida. En la repetición, dice Lacan, hay mengua de goce. "Así se origina en el discurso freudiano la función del objeto perdido. Y ni siquiera es necesario recordar que todo el texto de Freud gira expresamente en torno al masoquismo, concebido únicamente en esta dimensión de búsqueda de un goce ruinoso." (54) El principio de placer, es lo que pone límite a este goce ruinoso que afirma Lacan. "...resulta que de todos modos conocemos los medios de goce... Eso es exactamente el saber. En principio nadie tiene ganas de abusar de él, y sin embargo es tentador." (55)

El principio de placer, debe postularse como el homeostato que rige el menor goce, pero teniendo al goce como la base de su trabajo de regulación. Respecto al goce, puede formularse la paradoja de que no se puede escapar del mismo, siendo el plus de goce, una recuperación respecto a una pérdida de goce. Un menor goce posible, nos remite al desarrollo freudiano, desde lo que enunciábamos como las paradojas del estímulo endógeno, donde el goce se presenta como lo antihomeostático en la economía del sujeto, pero es lo que permite el funcionamiento del aparato psíquico; así, el sujeto no puede postularse sino como sustancia gozante, si puede formularse alguna.

La dimensión de la melancolía, nos remite a la dimensión de la falta de mengua de goce, que remite a un Otro consistente. Si la repetición en conexión a la existencia del discurso, implica una entropía, la melancolía nos permite pensar una dimensión de antientropía. Es decir un sujeto que no apunta a la recuperación de goce, por elidirse la dimensión de la pérdida. Esto nos permite pensar un sujeto ubicado en el lugar del trabajo silencioso de la pulsión de muerte, en el masoquismo que Freud manifestaba; pero la pulsión de muerte aparece enlazada a la repetición como búsqueda de un goce ruinoso. Es que no existe el Soberano Bien, y no hay otro bien, como decía Lacan en "La ética del psicoanálisis".



5 - DISCURSOS, GOCE Y DESPUÉS

Hemos intentado situar aproximadamente los elementos básicos que nos permitan ubicar la relación del discurso, en su faz significante con su faz no significante: el goce. Esto permite ir delimitando al discurso psicoanalítico, como el que despeja estas relaciones, distinguiéndose por esta causa, de otros discursos que emergen en la cultura. O dicho de otra manera, el discurso que incorpora lo real en la estructura misma del discurso. Dice Lacan en "El reverso del psicoanálisis": "Lo real, si lo real se define por lo imposible, se sitúa en la etapa donde el registro de una articulación simbólica se encuentra definido como imposible de demostrar." (56)

El término discurso, sin duda presenta como significante, con relación a otros, la polisemia inherente a cualquier otro significante. Por ello intentaremos acotarlo en términos del discurso psicoanalítico, como estructura elemental, definible desde la producción del discurso psicoanalítico como saber.

Lacan en "El reverso del psicoanálisis", realiza la producción de los cuatro discursos, a los que enuncia como estructuras elementales, que forman un "discurso sin palabras"; en el sentido que pueden subsistir sin las palabras, como ciertas relaciones fundamentales, que sin embargo no pueden sostenerse sin la existencia del lenguaje.

En lo tocante a los cuatro discursos, apuntamos brevemente, que la experiencia del discurso, no es la única pensable para un sujeto, sino que por la razón de la existencia del discurso, es posible pensar un "fuera de discurso", aunque esto en sentido estricto, implicaría la no aparición de un sujeto. Esto permite distinguir a un sujeto del discurso, de un sujeto del lenguaje. El punto central reside, que el estar en discurso es definible a partir de los cuatro términos que Lacan postula. Discurso implica la articulación de estos cuatro términos. Esta disgresión, a la problemática de la inconsistencia del campo del Otro como fundamento de la posibilidad misma de la experiencia del discurso; y por otro lado, lo que Lacan afirmaba en el Seminario "Las psicosis", en lo referente al significante del nombre-del-padre como que su forclusión implicaba un agujero en lo simbólico. Esta manera de plantear el significante del nombre-del-padre, implica adjudicarle un lugar central y basal; en cambio, a partir de la articulación de los cuatro términos del discurso, en las psicosis, esto es pensable a partir de un "fuera de discurso", que implica una falla en la articulación de los cuatro términos, de lo que resulta incluso el S1, como significante amo que determina la castración, producto del discurso mismo.

La existencia del discurso, es lo que permite en función de la disyunción entre el sujeto S y el objeto "a" en el fantasma, el revestimiento del objeto "a" por lo imaginario. Esto permite formular la realidad como poco-de-realidad, siendo la realidad que produce el discurso, ese poco de realidad colectiva. Esta se sostiene en los términos que se fundan en una estructura de interdicción en su base, como Freud lo expresa claramente en "El porvenir de una ilusión" y "El malestar en la cultura", y Lacan en el Seminario "La ética del psicoanálisis". Dice Lacan en "El reverso...": "He aquí pues definida la relación entre estos términos, que son cuatro. El que no he nombrado es el que es innombrable, ya que toda esta estructura se funda en su prohibición -o sea, el goce." (57)

Por ello, lo central en el funcionamiento del díscurso, es el goce, pero presentándose éste como fundamento en función de su prohibición o interdicción. El discurso se señala como búsqueda de goce, en función de la repetición, pero esta búsqueda de goce está reglada por la prohibición del goce, que hace del plus de goce, una recuperación de goce en razón de una pérdida de goce previa (en términos lógicos). El goce prohibido, es ese goce que nunca existió donde impera el significante, excepto como mito retroactivo. Es aquí donde se opera la paradoja esencial que presenta el discurso psicoanalítico como propia de este discurso: en la vía del significante, éste aparece reglado por la búsqueda de un Goce Todo como mito retroactivo, que, como búsqueda significante, no puede sino postularse en la dimensión de la pérdida del goce buscado, que es su fundamento.

En este punto es necesario situar lo que Lacan, por ejemplo, en "Los cuatro conceptos..." decía acerca de lo real, como lo que yace tras el automaton significante. Este es el punto central que fija en el discurso psicoanalítico, el concepto de pulsión de muerte. Dice Miller: "El superyó debe entonces ser incluido en una serie común con la pulsión de muerte y el masoquismo primordial, categorías ambas expulsadas de la teoría analítica por los psicoanalistas, quienes no pudieron asumirlas." (58). La economía psíquica, entendida ahora también con relación a una economía del discurso, debe ser sostenida a partir de la función del goce prohibido que se constituye en su fundamento.

Esto creemos, constituye una lectura de la paradoja inicial que se presenta en el "Proyecto de psicología" y "La interpretación de los sueños", con relación al principio de displacer. En la problemática ética, el goce se puede presentar como el mal, y éste se sitúa en conexión al Soberano Bien. El discurso es pensable desde la mengua de goce. El "Bien" en el discurso psicoanalítico, es pensable en términos de pérdida de goce, en la dimensión de la posición del analista en el lugar del objeto "a" causa de deseo; es decir, ningún bien.

Lacan en el Seminario "La angustia", decía que ley y deseo eran la misma cosa, que desear era necesario para el neurótico. Quizá podríamos definirlo, como aquél que no soporta, el extremo de goce -en razón de la existencia del principio de placer-, en esta línea precisa desear por la fuerza del displacer o goce. Esto no es sino la búsqueda en los senderos del significante lo que Freud en "El malestar en la cultura", enuncia como la felicidad -imposible-. Se busca la felicidad porque no se soporta el goce, con el concomitante resto de malestar producto de la renuncia a la pulsión, el síntoma podría postularse como una medida de "soportar el goce", en razón que se presenta como sufrimiento para un sujeto que implica la presencia de un goce -como real-, pero a su vez implica al deseo, pues se puede gozar sin que el síntoma se presente -como sufrimiento-, lo que implica articular el goce presente en el síntoma con la dimensión del deseo; esto no es sino articularlo en conexión al discurso.

Lacan en "El reverso del psicoanálisis", trabaja en lo tocante a la madre, un corte respecto a las funciones biológicas, en conexión a la existencia del discurso. Dice Lacan: "Hay una objeción que proviene de una observación más detallada de lo que en nuestra cultura son las relaciones del discurso del amo con algo que surgió y de donde partió el examen de lo que, desde el punto de vista de Hegel, se fue desarrollando alrededor de este discurso, -la evitación del goce absoluto, en la medida que está determinado por el hecho de que, al fijar al niño a su madre, la connivencia social la convierte en la sede de elección para las prohibiciones." (59)

La madre encuentra su posición respecto al goce, como el lugar de lo prohibido, ubicada allí por la propia existencia del discurso; y por otro lado, inversamente, de esta prohibición es que se sostiene la institución del discurso. Cobra sentido respecto a la pulsión, en esta dialéctica del sujeto con el Otro, lo que Lacan formulara en "Los cuatro conceptos ..." de la perversión y la pulsión: "Aquí vemos, al fin, que pasa con la pulsión, el camino de la pulsión es la única forma de transgresión permitida al sujeto con respecto al principio de placer." (60)

Lacan puntúa el predominio de la mujer como madre: qué dice, a quién se pide, qué ordena y qué instituye la dependencia del niño. La pulsión se articula con relación a este Otro materno, en el circuito de su satisfacción en derredor del objeto "a". La prohibición del goce absoluto, se sitúa con relación a que sea el Otro quien goce. El Otro como S (A), está ausente de goce. Dice Lacan en "El reverso del psicoanálisis": "La mujer le permite al goce llevar la máscara de la repetición. Se presenta aquí como lo que es, como institución de la mascarada. Le enseña a su pequeño a pavonearse. Conduce hacia el plus de goce porque ella la mujer, como la flor, sumerge sus raíces en el mismo goce. Los medios de goce se abren con este principio, que él haya renunciado al goce cerrado y extraño, a la madre." (61)

Esta inserción de la mujer en el goce, Lacan le dará forma en el Seminario "Aún" (Encore, Otra vez), a partir de la distinción entre la parte hombre y la parte mujer de la humanidad, que no refiere a la diferencia sexual anatómica, sino de la posición subjetiva respecto a una u otra. En correspondencia a la parte mujer, Lacan expresa qué es lo que Freud dejó de lado en el ¿Qué quiere una mujer? Dice Lacan: "El Otro no es simplemente ese lugar donde la verdad balbucea. Merece representar aquello con que la mujer está intrínsecamente relacionada. De ello sólo tenemos testimonios esporádicos... Por ser en la relación sexual radicalmente Otra, en cuanto a lo que puede decirse del inconsciente, la mujer es lo que tiene relación con ese Otro." (62) "La mujer tiene relación con el significante de ese Otro, en tanto que como Otro, éste nunca deja de ser Otro. Doy por sentado que aquí evocarán mi enunciado de que no hay Otro del Otro. De la mujer nada puede decirse." (63)

Hacemos estas citas, para aproximarnos a la problemática del goce de LA mujer, como lo escribe Lacan; para intentar ampliar lo que enunciáramos acerca del falo como mediador entre los sexos. Con relación a la no existencia del sexo femenino en el sistema de lo simbólico, como significante forcluido del sistema, es que se abre la posibilidad de pensar en un goce de LA mujer, que se coteja en tanto este Otro fallado S(A), pero como dice Lacan: de la mujer, y de este goce nada puede decirse. En "El reverso del psicoanálisis", manifiesta Lacan: "Ahí se insertará luego la amplia connivencia social que invierte lo que podemos llamar la diferencia de los sexos al natural para convertirla en sexualización de la diferencia orgánica. Esta inversión implica el común denominador de la exclusión del órgano específicamente masculino. Desde ese momento el macho es y no es con respecto del goce. Y también por eso la mujer es promovida como objeto, precisamente porque no es lo que él es, la diferencia sexual por una parte, y por otra parte porque es eso mismo a lo que él renuncia como goce." (64)

Respecto al goce de la mujer, Lacan en el "Aún", postula un goce del lado del falo para la parte mujer; pero además un goce suplementario por su posición de no-toda. Dice Lacan que el falo (fi), puede encarnarse en el S1, ¿qué es el falo entonces?

"¿Qué pasa con ese Otro?, qué hay de su posición respecto a ese retorno con que se realiza la relación sexual, o sea, un goce, que el discurso analítico ha precipitado como función del falo cuyo enigma se mantiene intacto puesto que sólo se articula con hechos de ausencia?" (65). "Con fi designamos ese falo que preciso diciendo que es el significante que no tiene significado, aquel cuyo soporte es, en el hombre, el goce fálico. ¿Qué es? Nada más que lo que subraya la importancia de la masturbación en nuestra práctica: el goce del idiota." (66)

El falo se presenta articulado con hechos de ausencia, precisamente en razón de la interdicción del goce fálico. El falo se articula como valor, que no es sino un hecho de discurso, de la economía del discurso. El goce fálico como interdicto, es lo que permite su sustitución por el plus de goce cuadriculado de los objetos "a". Lacan en "La lógica del fantasma", decía que la mascarada, como la forma en que la mujer usa un equivalente fálico, adquiere su peso porque en un sistema simbólico, lo que circulan son las mujeres; si el falo omnipotente circula, es porque la mujer lo representa, y si el goce peniano lleva la marca de la castración, es en función de ello que la mujer deviene aquello de lo cual se goza.

Con relación a los dos tiempos que Lacan desarrolla en "Los cuatro conceptos...", es decir la alienación y la separación, no es sino la separación de este objeto "a" con relación al Otro. Pues el Otro se postula como el goce absoluto, como un goce fuera de lo simbólico como lo despeja Lacan en "La tercera" (conferencia de Roma). Esta extracción del "a", es lo que permite articular los tres registros, a partir precisamente del goce, como el grafo lo muestra.

El discurso psicoanalítico, puede manifestarse como el que despeja las relaciones entre el significante y el goce; lo que en la formulación del "discurso", lo sitúa diferente a otros "metadiscursos" acerca del discurso, que eliden esta dimensión, que no es sino elidir la dimensión del fundamento del discurso: el goce.

Dice Lacan en "El reverso del psicoanálisis": "Este es el mérito del discurso de Freud. El sí está a la altura de un discurso que se mantiene lo más cerca posible de lo que se relaciona con el goce tan cerca como era posible hasta él. No es cómodo. No es cómodo situarse en este punto donde emerge el discurso y donde, cuando vuelve ahí, incluso, tropieza, en las inmediaciones del goce." (67) "Del discurso, sin embargo, está claro que no hay nada más candente que lo que se refiere al goce. El discurso se aproxima a él, porque en él se origina. Y lo turba cada vez que trata de volver a ese origen. Así es como se opone a cualquier apaciguamiento." (68)

Esto es lo que intentamos: situar el discurso de Freud y de Lacan en lo que concierne a la producción significante del discurso analítico, respecto al goce. Una cita de Lacan: "Sólo es factible entrometerse en lo político si se reconoce que no hay discurso, y no sólo analítico, que no sea del goce, al menos cuando de él se espera el trabajo de la verdad." (69), nos permitirá hacer un movimiento hacia el goce, sus consecuencias y su después.

La principal consecuencia del termino goce se sitúa en su oposición al placer, tal como lo venimos desarrollando. Lo que se encuentra mas allá del principio del placer, esa resistencia encontrada en la clínica a la cura, por ejemplo, fuerza la introducción de Freud de esa entidad, de esa posición, que Lacan denominara goce, recordando a Hegel.

Su cifrado en términos de preeminencia fálica, nominado goce fálico, traza un arco que lo vincula con la pulsión de muerte en su movimiento de encuentro con la Cosa; este goce marcado por su negatividad, se expresa con plenitud en el goce neurótico del síntoma, que podemos leer en el beneficio secundario que despeja Freud.

Esta pulsión de muerte -que reedita en el goce la cita siempre fallida con la Cosa-, en la evanescencia que contornea el objeto, pone como cuestión la naturaleza de tal objeto, que aunque sea de suyo que no tiene existencia sino en su caída, propone una comprensión que en términos lógicos podemos pensarla como inconsistente, ya que admite la contradicción como norma, en su lógica de presencia y ausencia: falo/castración. Con relación a esta originalidad de proceso, Juranville (70) interroga sobre qué ocurre si se le retira a la Cosa aquello por lo que se suscita el deseo, entendiendo que no es más que el encuentro, en el exterior, del mismo vacío que está también en el interior del sujeto en la pulsión. Encuentra en Lacan la respuesta en "La ética...", en el sentido de que ella es lo que desde dentro del sujeto es llevado afuera.

La pulsión no es anterior al deseo, sin embargo, puesto que es necesario deducir la pulsión de muerte y la falta desde el significante, que es desde donde se propone ante todo el deseo y la cosa como deseable.

Esta dirección analítica la articula asimismo Harari, donde en su comentario del seminario de Lacan "Los cuatro conceptos..." (71) trata la línea de pensamiento que en Freud, en ausencia de una teoría ampliada del significante –ampliada, porque no deja de recurrir a ella, como en la paranoia-, ordena en su metapsicología:

pulsión - represión – inconsciente, para oponerla a la estrategia discursiva lacaniana:

inconsciente - pulsión - represión, donde se trata también su significación retroactiva a posteriori, considerando lo inconsciente como inscripto en lalengua.

Si el placer es inseparable de la pulsión, pulsión parcial por definición, en un circuito donde la repetición marca en la dimensión del cuerpo tanto el camino como el destino recurrente, el goce, sustancia gozante, cuenta con el cuerpo, aunque se trata del cuerpo en una dimensión significante: "Un cuerpo, eso se goza. No se goza sino por corporeizarse de manera significante", "... el significante se sitúa en el nivel de la sustancia gozante...", "el significante es la causa del goce." (72)

Lacan parece mantener la idea de la homeostasis, definiéndola con precisión, a diferencia de Freud, como habíamos indicado, ligándola al mantenimiento de la vida: "El forzamiento del principio del placer por la incidencia de la pulsión parcial: he ahí como podemos concebir que las pulsiones parciales, ambiguas, se instalen sobre el limite de un Ehralungstrieb, del mantenimiento de una homeostasis, de su captura por esa figura velada que es la de la sexualidad", dice, en "Los cuatro conceptos..."

La referencia al goce del Otro se toma como goce puro, con lo que se está diferenciándolo del goce fálico con su matiz de sufrimiento, tal como se lee en Encore: "El Otro, ese lugar donde viene a articularse todo lo que puede inscribirse del significante es, en su fundamento, radicalmente el Otro. Por esto, ese significante, con este paréntesis abierto, señala al Otro como tachado: S(A)." (73)

El goce del Otro es el goce de la mujer, con una forma suplementaria: "por ser no toda, tiene, con lo que respecta a la función fálica, un goce suplementario."

El goce fálico, lee Feinsilber (74) en Lacan, es el obstáculo por el cual no llega el hombre a gozar del cuerpo de la mujer, porque de lo que se goza es del goce del órgano, el que se posee sólo por identificación, por estar separado del cuerpo. Las dimensiones del goce fálico que separa, son el goce del idiota –ligado a su no normatización-, el goce del órgano –goce de un fragmento del cuerpo hecho significante de la falta- y goce del síntoma y del habla –en tanto el síntoma lo es si se habla, en tanto el rasgo de significancia lo adquiere al errar la palabra buscando un cuerpo en lo real.

"No se goza sino del Otro" y "mentalmente", afirma Lacan en el Seminario 21 para inaugurar la dimensión del goce mental. Este goce es un referencia a la existencia del significante, más allá del objeto que implica el órgano, y en tanto ligado a la mujer, en su dimensión de no-toda, es goce-ausencia (jouissabsense).

La consideración del goce del sentido, sentido del goce (jouis-sens), es una propuesta de Harari a partir de una interpretación del grafo de los goces del nudo borromeo de tres consistencias incluido en las Actas de la Escuela Freudiana, de 1974. Allí lee goce-sentido donde anota sentido, lo que transmite marca a partir de la desinenecia final, significante deslizado que pasa a configurar una de las formas del goce.

Es en lo que hace referencia al cuerpo que el significante remite al goce, porque eso, como se habla, se lo sabe vivo, dice Harari (75). Lo poco del cuerpo disponible obliga a abrazar parcialmente el objeto "a", a no poder ser uno con él, pues el falo hace de objeción e impedimento: es el falo el que goza.

En esta línea, Lacan sitúa una referencia, en coincidencia con su enunciación de "no hay relación sexual": "En lo tocante al goce, hay que hacer responder a la falsa finalidad por lo que no es más que la pura falacia de un goce pretendidamente adecuado a la relación sexual. Bajo este concepto, todos los goces no son más que rivales de la finalidad que eso sería si el goce tuviera la menor relación con la relación sexual". (76)

Pensamos que el deslizamiento de los sentidos del goce, hasta ahora sin límites a la vista, dada la interminable resignificación, no sólo ilustra sino que además pone en interdicción el aparato conceptual formulado por Freud. Este constructo, metaforizado en la topología lacaniana, parece escaparse del campo delimitado por el andamiaje teórico, volviéndolo el moderno Deus ex machina de su lógica, aun cuando pueda no sólo explicar, sino, por las mismas insuficientes razones, discutir su propio funcionamiento, extraviando su precisión conceptual.

Por ello, se bascula entre una referencia al displacer como el goce en "El reverso del psicoanálisis", siendo el goce lo que se presenta como antihomeostático en el sujeto, hasta el arribo al goce del ser, en tanto correlato de la plenitud que produce puesto que a través de los significantes el cuerpo se vuelve tal, como se lee en "Encore".

La "Introducción al (del) narcisismo" freudiana, referenciada a impasses clínicos como anotamos, permitió liberar un cierto obstáculo teórico a la práctica psicoanalítica, abriendo un campo fructífero en significaciones de él derivadas. No obstante, el carácter explicativo del narcisismo parece sostenerse manteniendo su filiación en el rango original, es decir, como concepto y sustantivo.

Muy pronto las mismas consecuencias de su existencia llevan a que se lo extranjerice, pasando al carácter gramatical de adjetivo, para desde ese lugar variar su función, calificando a una identificación, una neurosis, una elección de objeto, una forma de la libido, una psiconeurosis, finalmente una posición. Este traslape del concepto no se realiza sin costos, ya que si bien esta mudanza permite verificar el peso del nuevo significante, no opaca que empobrece su riqueza, a la vez que fuerza la presencia de un nuevo concepto, que no tardará en acudir en la pluma freudiana.

Lacan dice que Freud nombró mal a lo que descubrió, al decirle inconsciente, puesto que su descubrimiento es otro. El camino que toma para hacer esta afirmación no es sino leer a Freud en la aplicación del mismo psicoanálisis al descubrimiento, lo que le permite decir de lo inconsciente que "es un concepto que se forma sobre la huella de lo que queda de la constitución del sujeto", afirmación que se referencia a lo inconsciente desde el lugar de la hiancia y de lo no-realizado.

En esos intersticios es que adviene la formulación del goce y del plus de gozar en "La lógica del fantasma" y otros textos, en un proceso de construcción rigurosa de su sentido en psicoanálisis, repitiendo el impromptu teórico que mostramos ocurrió con el narcisismo. Acá toma una matrización singular, virando de los ritos adjetivadores a las asambleas de sustantivado.

Una cierta urgencia, un límite conceptual, algún obstáculo presionante, determinado interés práctico, han sido causa suficiente para acompañar esta trasmudación de la estrechez negativizante del goce como placer de lo inconsciente, al sembrado de esta categoría que se extiende en los lugares del sentido, del Otro, fálico, del espíritu, de la vida, opaco, podrido, del ser, flaco, mental. (77)

No está en duda, seguro que se trata de un obstáculo, de una exigencia, de un problema práctico o teórico. Sin embargo, podemos interrogarnos si no estaremos asistiendo a la caída de su potencia explicativa, reeditando la ruta y el destino del narcismo. Recurriremos a un procedimiento deconstructivo del término, o es que quizá lo vemos ya "estallando" para usar una referencia teórica rica dentro de las ciencias sociales?

Quizá lo disipativo del término replique un carácter tal, como hace leer Harari en el último Lacan, y sea la causa sui que nos lance de nuevo en esta búsqueda, interminable, enigmática, fascinante, del cercamiento de lo real. (78)

Aunque también de allí debamos huir, para la construcción de un después para el psicoanálisis porque leamos, con Lacan, que en lo real sólo hay significante.



BIBLIOGRAFIA

(1) FREUD, Sigmund. Pulsiones y destinos de pulsión. Obras Completas. Tomo XIV. Amorrortu Editores. Buenos Aires. 1976
(2) FREUD, Sigmund. Proyecto de psicología. Obras Completas. Tomo I. Amorrortu Editores. Buenos Aires. 1991
(3) FREUD, Sigmund. Más allá del principio de placer. Obras Completas. Tomo XVIII. Amorrortu Editores. Buenos Aires. 1976
(4) FREUD, Sigmund. El problema económico del masoquismo. Obras Completas. Tomo XIX. Amorrortu Editores. Buenos Aires. 1986
(5) FREUD, Sigmund. La interpretación de los sueños. Obras Completas. Tomos IV y V. Amorrortu Editores. Buenos Aires. 1989
(6) LACAN, Jacques. El reverso del psicoanálisis. El Seminario. Libro XVII. Ed. Paidós. Buenos Aires. 1992
(7) LACAN, Jacques. El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica. El Seminario. Libro II. Ed. Paidós. Barcelona. 1987. Pág. 127
(8) LACAN, Jacques. La angustia. El Seminario. Libro X. (Inédito).
(9) FREUD, Sigmund. El malestar en la cultura. Obras Completas. Tomo XXI. Amorrortu Editores. Buenos Aires. 1986
(10) Idem (6) Pág. 81
(11) LACAN, Jacques. De un Otro al otro. El Seminario. Libro XVI. (Inédito)
(12) Idem (5)
(13) LACAN, Jacques. La ética del psicoanálisis. El Seminario. Libro VII. Editorial Paidós. Buenos Aires. 1988
(14) Idem (13) Pág. 85
(15) Idem (13), pág. 88
(16) Idem (13), pág. 22
(17) Idem (13), pág. 22
(18) Idem (13), pág. 91
(19) Idem (13), pág. 80
(20) Idem (13), pág. 147
(21) Idem (6), pág. 70
(22) Idem (9), pág. 83
(23) LACAN, Jacques. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Seminario XI. Breve Biblioteca de Reforma. Barral Editores. 1977, pág. 283.
(24) Idem (23), pág. 274
(25) Idem (23), pág. 276
(26) Idem (23), pág. 278
(27) Idem (23), pág. 282
(28) MILLER, Jacques Alain. Matemas I, Ed. Manantial, pág. 189
(29) Idem (23), págs. 226-227
(30) MILLER, Jacques Alain. Recorrido de Lacan, Ed. Manantial, pág. 137
(31) Idem (13), pág. 88
(32) Idem (13), pág. 31
(33) Idem (13), pág. 184
(34) Idem (13), pág. 185
(35) Idem (13), págs. 99-100
(36) Idem (13), pág. 313
(37) Idem (13), pág. 357
(38) Idem (13), pág. 362
(39) Idem (13), pág. 362
(40) Idem (3), pág. 18
(41) Idem (3), págs. 20-21
(42) Idem (3), pág. 21
(43) Idem (3), pág. 21
(44) Idem (3), pág. 22
(45) Idem (3), pág. 22
(46) Idem (23), pág. 62
(47) Idem (23), pág. 64
(48) Idem (23), pág. 67
(49) Idem (28), págs. 110-111
(50) Idem (23), pág. 147
(51) Idem (6), pág. 82
(52) Idem (6), pág. 50
(53) Idem (6), pág. 51
(54) Idem (6), pág. 49
(55) Idem (6), pág. 81
(56) Idem (6), pág. 186
(57) Idem (6), pág. 190
(58) Idem (30), pág. 139
(59) Idem (6), pág. 84
(60) Idem (23), pág. 190
(61) Idem (6), págs. 82-83
(62) LACAN, Jacques. Aún. El Seminario, Libro XX, Editorial Paidós, pág. 98
(63) Idem (62), pág. 98
(64) Idem (6), pág. 83
(65) Idem (62), pág. 52
(66) Idem (62), pág. 99
(67) Idem (6), pág. 75
(68) Idem (6), pág. 74
(69) Idem (6), pág. 83
(70) JURANVILLE, Alain. Lacan y la filosofía. Colección Freud Lacan. Ediciones Nueva Visión. Buenos Aires. 1996
(71) HARARI, Roberto. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, de Lacan: una introducción. Colección Freud Lacan. Ed. Nueva Visión. Buenos Aires. 1999
(72) Idem (62), pág. 33
(73) Idem (62), pág. 75
(74) FEINSILBER, Edgardo. Goces y materialidad de lo inconsciente. Catálogos Editora. Buenos Aires. 1998, pág. 77-78
(75) HARARI, Roberto. De qué trata la Clínica Lacaniana? Editorial Catálogos. 1994, pág. 148
(76) Idem (62), pág. 137
(77) Idem (74)
(78) HARARI, Roberto. Las disipaciones de lo inconsciente. Amorrortu Editores. 1997