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ESCRITOS

DEL DISCURSO DE LA ÉTICA A LA BIOÉTICA DEL DISCURSO

Córdoba, Argentina, Septiembre de 2012

La ética médica puede ser considerada como de origen contemporáneo a Sócrates, quien consideraba que la medicina era un servicio de los dioses (medicina teologal). En Faidón, que relata sus horas postreras, dice a Critón: "Critón, debemos un gallo a Asclepios. Pagadle esta deuda. No lo olvides". Estas son las que se dan por sus últimas palabras.

Para los griegos, physis (naturaleza) era lo maduro, lo pleno, lo bello, lo sano. La enfermedad (páthos) era algo contranatural, inmoral. El médico, que tenía la virtud de hacer volver a su cauce la physis, era, en cierta forma, un moralista, pues se entendía que la enfermedad coloca al hombre en disputa con lo bueno y lo bello.

Si hay páthos no hay éthos, pues éthos no significaba rigurosamente todavía "ética" sino "orden natural", el "modo o forma de vida". El enfermo (in-firmus, sin firmeza física ni moral), colocado en condición de incapacitado, debía ser tratado como un niño pequeño y el médico, en su función de ordenador, desempeñar el papel de padre. Esta es al menos una de las razones (numerosas a lo largo de la historia de la cultura y de la práctica médica) para explicar el paternalismo que caracterizó a la Medicina occidental hasta el presente.

Este llamado a la autoridad (magister dixit) del médico para restituir el orden natural de las cosas, se ha deslizado hacia la construcción de un deber ser que excedió bien pronto las fronteras de la medicina.

La ética médica ha construido un discurso en arreglo a las necesidades de cada época que resultan asombrosos en el tiempo siguiente (por ejemplo, los resultados de la primera intervención quirúrgica bajo anestesia, cerca del año 1840, en Londres, fueron beneficiosos para el paciente, y una vergüenza para el médico, quien fue condenado por las sociedades científicas de la época que le espetaban que "el dolor es inherente al acto quirúrgico, y el sufrimiento es el dato que el paciente debe reconocer"), y con ello ha construido a la vez una moral, con los respectivos (y opinables) conceptos de bien y mal en todo ámbito social y cultural.

La importante influencia del cristianismo en la Ética de la Medicina y en la moral del médico puede encontrarse por doquier: hacia el año 190 a. n. e. fue escrito en Alejandría el Libro Sagrado denominado el Eclesiástico (del latín eclesiastes, profeta), que opera como un tratado de ética ya que diserta sobre las virtudes y la sabiduría práctica.

Uno de los capítulos está dedicado a honrar al médico; no es propiamente una guía de comportamiento para el médico sino para el enfermo. Dada la gran influencia que estos libros ejercieron en el mundo cristiano y en la vida de Occidente, podemos leer algunos enunciados:

1. De Dios viene toda medicina, vale decir, tiene carácter divino, es teúrgica.

2. Dios hizo al médico para bien del enfermo. El médico es un intermediario entre aquél y éste, y su misión es proporcionar beneficio.

3. De la tierra creó Dios los medicamentos, y la virtud de estos pertenece al conocimiento de los hombres, por lo cual deben glorificarlo. Por tal información y mandamiento la terapéutica es de naturaleza divina y se obtiene de la naturaleza misma, pudiéndose equiparar al concepto naturalista griego.

4. Al sentirse enfermo, el individuo no debe descuidarse sino que debe apartarse del pecado, limpiar el corazón, dedicarse a la oración, hacer ofrendas y oblación. Sólo entonces será posible que obre el médico. Este, a su vez, deberá rogar al Señor para que surtan efecto sus remedios. En resumen, lo que se quiere significar es que la enfermedad es consecuencia del pecado y la curación se obtiene con la oración y el arrepentimiento.

Bajo estas advocaciones la ética médica, dependiente del "orden natural" de los griegos, fue apuntalada por el profesar de los teólogos. La medicina se convirtió en profesión según el sentido etimológico (professio), vale decir, con implicaciones confesionales, teologales, y el médico, además de virtuoso técnico, debió ser un virtuoso moral.

El ethos hipocrático pasó, ahora sí, a ser un nuevo estado sacerdotal. En efecto, la filosofía pitagórica y estoica, de la que tomó mucho la ética médica, vino a constituirse en un puente hacia el cristianismo.

Sumada entonces la progresiva validación técnica al amparo de la letra y práctica teológica, la medicina se convirtió en un discurso…

Situando precisamente a Hipócrates y a su escuela en los tiempos de su fundación, se produjo una operación conceptual rigurosa: estudió la impotencia de los escitas, los que "se condenan a hacer los trabajos de las mujeres, y hablan como ellas. Se los llama afeminados. Atribuyen esta causa de impotencia a la divinidad, veneran a esta clase de hombres y los adoran, y cada cual teme para sí padecer esta afección. Yo creo que esta enfermedad viene de la divinidad como todas las enfermedades, que ninguna es más divina o más humana que la otra, pero que todas se parecen y todas son divinas. Todas las enfermedades tienen, como esta, una causa natural, y ninguna se produce sin causa natural. A mi juicio, la impotencia sobreviene por lo siguiente: es el resultado de la equitación permanente de los escitas, que les provoca obstrucción en las articulaciones, dado que llevan siempre los pies colgando a un lado y al otro de la cabalgadura, y a los que están gravemente afectados, esto llega a provocarles la claudicación y distensión de la cadera..."

¡Fiat lux! Hipócrates rechazó el argumento religioso como explicación de la impotencia, y dejó de lado, por principio, todo oscurantismo en el estudio de este síntoma, razón por la cual hizo de este síntoma una "enfermedad" y obligó a que se le buscasen las causas naturales…

Esto significa que existe un saber capaz de dar cuenta de la impotencia, no un saber oscuro, el de los dioses, que podría conjeturarse, e intentar exorcizarse por prácticas religiosas o rituales. Afirmó que no, que se trata de un saber perfectamente articulable en términos que tienen una lógica propia.

Lo que hizo Hipócrates en verdad no fue descubrir una etiología, sino instaurar un método, o, con más precisión, un discurso sobre la enfermedad, sobre su etiología y patogenia, un discurso que permitió constituir como hecho unos elementos que sin él seguirían siendo contingentes, inesenciales.

Y a la vez que instaló una manera de pensar el síntoma -ahora humano, dependiendo de lo natural, ya no más divino- instauró el discurso médico, lo que quiere decir que para establecer este discurso debió privilegiar ciertos hechos y excluir lo que contradecía ese discurso.

Al eliminar cualquier otro discurso -incluso el del enfermo mismo- el discurso médico dejó de lado una cantidad de elementos de interés, pero que no podían ser integrados en el cuerpo propio de su discurso.

Es más, puede considerarse propio del carácter totalitario de todo discurso el hecho de no querer ni poder saber nada de lo que no le pertenece, porque es inarticulable en su propio sistema conceptual y no puede desembocar en una práctica que no fuera la propia.

Además, toda práctica médica es indisolublemente histórica, pues toda transformación de las concepciones médicas está condicionada por las modificaciones de las ideas de la época.

El discurso médico, al constituirse, introdujo un corte que es el fundamento de su ética: separó al hombre de su enfermedad, mediante la prevención, el tratamiento y la rehabilitación, tendiendo a constituir al hombre como lo más "normal posible".

Es impreciso el concepto de normalidad, pero la medicina es fuertemente normativa. El bien está del de lado del hombre normal y sano, es la imagen de identificación prevalente; el mal está del lado de la enfermedad, y hay que eliminarlo, cualquiera sea el medio que se deba usar.

El discurso médico es normativo, pues anuncia con precisión las normas bajo las que se reconoce al individuo normal; por ello no faltan en su definición las elecciones y exclusiones…

Este discurso instaura un orden de cosas, y este orden es tan jurídico y normativo como el orden jurídico común, lo que transforma en inevitable la presencia de conflictos, de contradicciones, de polémicas.

El discurso de la ética médica lleva consigo sus propios callejones sin salida; puede afirmarse que la separación del hombre de su enfermedad, operación implícita en el acto fundador del acto médico, tiene un resto de alto valor: el hombre mismo.

La Bioética es una nueva textualidad, una alternativa a las encrucijadas con las que se encuentra la Ética Médica de este tiempo.

Puede fecharse la emergencia del término como descubrimiento en Alemania en fecha 1927 por Fritz Jahr, filósofo y pastor protestante alemán, quien publicaba en la revista Kosmos su artículo "BioEthik: Eine Umschau über die ethischen Beziehungen des Menschen zu Tier und Pflanze" (Bio-ética: una perspectiva de la relación ética de los seres humanos con los animales y las plantas), considerada la primera formulación del término y el concepto de bioética. (Sass, 2008; Lima & Michel Fariña, 2009).

En Estados Unidos de Norteamérica, en 1933, un profesional de Biología, Aldo Leopold, escribió en The Journal of Forestry, un artículo que nombró "Ética de la conservación"; reescrito a posteriori de Hiroshima y Nagasaki, dieciséis años después, y ampliado, se publicó con el título de "La ética de la Tierra".

En el sentido de la incorporación de una dimensión ética a los efectos del accionar del hombre sobre la naturaleza, Leopold puede considerarse un precursor; el enmarque de esa intervención, que distingue una concepción de lo "bueno" y lo "malo" basada en la incipiente Ecología, propone una nueva moral para el acontecer humano.

Más de una década más tarde, y haciendo referencia al trabajo anterior, Leopold Van Rensselaer Potter, oncólogo y docente de la Escuela de Medicina de la Universidad de Wisconsin, Estados Unidos de Norte América, publica en 1971 un libro que se llamó Bioethics, bridge to the future, con un enfoque mayormente ecológico, que fue perdiendo progresivamente, a medida que se sistematizaban sus contenidos.

Potter se manifestaba interesado también en la relación del hombre con la tierra, los animales y las plantas, y advirtió tempranamente que era necesario regular el comportamiento del ser humano frente a la naturaleza, pues de lo contrario, su relación saludable con ella y también se supervivencia sobre el planeta sería breve.

Se trabaja intensamente en el nuevo territorio conceptual y práctico de una Bioética que se va configurando, en respuesta de variadas demandas sobre el campo de la salud (de pacientes, de médicos, de los servicios de salud, de los estados que gestionan políticas, de las empresas de salud, de las compañías aseguradoras) tras su definición operativa en los ámbitos de las ciencias de la salud en la décadas de los 70 y 80, en Estados Unidos y Europa.

Progresivamente la Bioética, empujada en principio por tales requerimientos, va extendiendo sus áreas de influencia, llegando a las cercanías de actividades y funciones antes impensadas.

Hoy se la puede definir así:

Estudio sistemático de la conducta humana en el campo de las ciencias biológicas y la atención de la salud, en la medida que esta conducta se examine a la luz de valores y principios morales (…)

La Bioética abarca la ética médica, pero no se limita a ella. La ética médica, es su sentido tradicional, trata problemas relacionados con valores, que surgen de la relación entre médico y paciente.

La Bioética constituye un concepto más amplio en cuatro aspectos importantes:

- Comprende los problemas relacionados con valores, que surgen de todas las profesiones de la salud, incluso en las profesiones "afines" y las vinculadas con la salud mental.

- Se aplica a las investigaciones biomédicas y sobre el comportamiento, independientemente de que influyan o no de forma directa en la terapéutica.

- Aborda una amplia gama de cuestiones sociales, como las que se relacionan con la salud pública, la salud ocupacional e internacional, y la ética del control de la natalidad, entre otras.

- Va más allá de la vida y la salud humanas, en cuanto comprende cuestiones relativas a la vida de los animales y las plantas, por ejemplo, en lo que concierne a experimentos con animales y a demandas ambientales conflictivas.

Esta definición es un marco que puede permitir pensar una consecuencia del trabajo que realizamos.

Hemos indicado que el avance científico y tecnológico, que es especialmente notable en el terreno de la Medicina, ha acarreado una proliferación de situaciones prácticas que han encendido, como nunca, el debate bioético.

En ese debate no se privan de opinar personas, instituciones sociales, educativas, los medios de comunicación según la perspectiva ideológica o religiosa que sostengan, los grupos de interés, las asociaciones de profesionales.

De manera explícita se hacen evidentes los soportes valorativos que usan los participantes de cualquiera de esas discusiones, y, cuando no es así, es preciso establecerlos; nuestro trabajo ha pretendido construir un marco analítico que permita hacer esa lectura desde una perspectiva conceptual.

Son numerosas las áreas en que pueden localizarse actualmente los problemas bioéticos; cada uno de ellos tiene numerosas formas de tratamiento, y muchas páginas escritas sobre el debate que generan, y hasta hay ciertos temas que pueden ser no considerados por algún profesional como tema propio de la materia Bioética…

Cada uno de ellos tiene un costado, un borde especialmente controversial, que, como señalamos, está sometido a la posición subjetiva de los actores de la escena de la práctica profesional, especialmente la médica.

En ese lugar, cada uno de los personajes del acto bioético está caracterizado por un lugar y una función no intercambiables, y este rasgo diferencial hace a la estructura íntima de esa escena.

Nosotros hemos estudiado, en especial, la posición de médico, en el acontecimiento de verse atravesado por una conflictiva práctica, que da lugar a la estupefacción, a la parálisis, a la angustia, causados por un rasgo de identificación con el paciente, que pone en marcha un mecanismo de repetición.

Queda este resto para verificar la consistencia de la repetición, donde vemos reaparecer las mismas problemáticas que nos trae la tragedia griega, demostrando la incidencia normativa del bien y el mal en su quehacer, testimoniando la fortaleza de la moral cristiana en su particular construcción epocal de la moral, exhibiendo sin vergüenza su ineludible cadencia temporal…

Con todos sus matices y contradicciones, con sus límites y sus impasses, el discurso de la ética ya impregna la escena de la práctica médica, y se sostiene en su larga existencia, de orígenes remotos…

El discurso de la Bioética, incipiente, joven, turgente, corre ahora en su auxilio, para enmendar sus faltas, y se muestra consistente y sólido, abarcativo y prolífico, pero realiza un movimiento que no evita desnudar las fallas, que anclan en la contradicción y los intereses contrapuestos de los actores…

Por eso, podemos plantearnos, luego de nuestro recorrido, si no es posible pensar una Bioética del Discurso -que deberá ser construida-, como un lugar conceptual para tratar esas insuficiencias.

Así, nos interrogamos: ¿una Bioética del discurso es una alternativa al discurso de la ética y al discurso de la Bioética?

Retrocedamos para avanzar: la definición de la moral de Kant, en forma de imperativos categóricos, recibe de Hegel distintas objeciones. Habermas retoma estas objeciones, entendiendo que la moral se constituye no sólo por una justificación de las normas, sino por cómo las normas se sostienen a sí mismas por la ética del discurso que constituyen.

Entendemos que semejante forma de imperativo es la que toma el discurso de la Bioética que se piensa en las ciencias de la salud, con la referencia importante a la Ética en Medicina, el territorio en el que más se ha avanzado.

Consideramos el planteo de Habermas afín a la dirección de trabajo que hemos tomado, por lo que seguiremos de algunas de sus elaboraciones, procurando ajustarlas al contenido temático de la investigación.

Como las normas constituyen un discurso, entendemos que en el campo de las ciencias de la salud es preciso pensar una Bioética del discurso articulada a partir de pautas contractuales diferentes, donde la posibilidad de acceso al saber sea igual para las partes, so pena de hacer permanecer en la oscuridad el verdadero propósito de la instalación tecnológica nueva.

Hemos mostrado que las éticas clásicas se habían referido a las cuestiones de la "vida buena", y las escenas que la tragedia griega nos permitió estudiar así lo evidencian; no es menor la referencia a lo bueno en los ámbitos del cristianismo, desde donde se alimentaba ese sistema de valores. De cualquier manera, la ética de Kant sólo se refiere a los problemas relativos a la acción correcta o justa.

Se desprende de esto la existencia de juicios morales; los juicios morales explican cómo pueden solucionarse los conflictos de acción sobre la base de un acuerdo racionalmente motivado, con la exposición de las razones de todas las partes involucradas en el acto profesional.

En un sentido amplio sirven para justificar acciones a la luz de normas válidas, o la validez de normas a la luz de principios dignos de reconocerse. Pues el fenómeno básico que la teoría moral ha de abordar y explicar es la validez deóntica, el deber ser, de mandatos y normas de acción. Por eso se habla de una ética deontológica.

En una posible Bioética del discurso, el lugar del imperativo categórico kantiano lo ocupa el procedimiento de la argumentación moral, por lo que sólo pueden pretender validez aquellas normas que pudiesen contar con el asentimiento de todos los afectados como participantes en un discurso práctico.

¡Y esto es un postulado fundamental, que se transforma por su misma formulación en imposible!

El imperativo categórico adopta el papel de un principio de justificación que selecciona y distingue como válidas las normas de acción susceptibles de universalización: lo que en sentido moral está justificado tienen que quererlo todos los seres racionales.

También formula su regla de argumentación, tal que en el caso de normas válidas los resultados y consecuencias laterales que, para la satisfacción de los intereses de cada uno, previsiblemente se sigan de la observancia general de la norma, tienen que poder ser aceptados sin coacción alguna por todos.

Y tiene un carácter universalista, pues una ética que afirma que este principio moral no sólo expresa las intuiciones de una determinada cultura o de una determinada época o de un determinado interés, sino que tiene una validez general.

Sólo una fundamentación del principio moral que, por tanto, no se limite a recurrir a un factum de la razón, puede desmentir la sospecha de que no se trata de otra cosa que de una falacia etnocéntrica o de un rasgo profesionalista.

Todo aquel que trate en serio de participar en una argumentación, tiene que aceptar implícitamente presupuestos pragmático-universales que tienen un contenido normativo; el principio moral puede deducirse entonces del contenido de estos presupuestos de la argumentación, con tal que se sepa qué es eso de justificar una norma de acción.

El punto de vista desde el que las cuestiones morales pueden enjuiciarse con imparcialidad puede denominarse "punto de vista moral". Las éticas formalistas dan una regla que explica cómo puede considerarse algo desde un punto de vista moral. John Rawls sugiere para este fin una "posición original" en que todos los participantes se enfrentan unos con otros como partes contratantes, capaces de decisión con arreglo a fines y dotadas de una misma facultad de decisión, pero que desconocen la posición que van a ocupar en la sociedad efectiva; considera la "posición original" como el punto de partida más adecuado que asegura que los acuerdos que se tomen en ella sean limpios y equitativos.

Con el mismo propósito G. H. Mead recomienda, en vez de eso, una "asunción ideal de rol" que exige que el sujeto que juzga moralmente se ponga en el lugar de todos aquellos que podrían verse afectados por la ejecución de una acción problemática o por la entrada en vigor de una norma cuestionable, lo que amplía, en el campo de las ciencias de la salud, los límites de posición personal y científica de cada uno de los que confrontan...

El procedimiento del discurso práctico ofrece ventajas frente a ambas construcciones. En las argumentaciones los participantes han de partir de que en principio todos los afectados participan como iguales y libres en una búsqueda cooperativa de la verdad, en la que no puede admitirse otra coerción que la resultante de los mejores argumentos.

El discurso práctico puede considerarse un exigente modo de formación argumentativa de una voluntad común, que tiene por fin garantizar, merced sólo a presupuestos universales de la comunicación, la rectitud de cada uno de los acuerdos normativos que puedan tomarse en esas condiciones.

Desde Habermas son "morales" todas las intuiciones que informan acerca del mejor modo de comportamiento, para contrarrestar -mediante la consideración y el respeto- la extrema vulnerabilidad de las personas.

Pues, desde un punto de vista antropológico, la moral puede entenderse como un mecanismo protector que sirve de compensación a la vulnerabilidad estructuralmente inscrita en las formas de vida socioculturales. Vulnerables en este sentido y, por tanto, moralmente necesitados de atención y consideración son los seres que sólo pueden individuarse por vía de socialización.

La individuación espacio-temporal de la especie humana en ejemplares particulares no viene regulada por un mecanismo genético que directamente vaya de la especie al individuo particular. Antes bien, los sujetos capaces de lenguaje y acción sólo se constituyen como individuos porque al crecer como miembros de una particular comunidad de lenguaje se introducen en un mundo de la vida compartido.

Cuanto más complejas se muestran las estructuras sociales, con tanta más claridad se ve cómo la creciente capacidad de autodeterminación del sujeto individuado va entretejida con una creciente integración en redes cada vez más densas de dependencias sociales. Cuanto más progresa la individuación, tanto más se ve envuelto el sujeto particular en una red cada vez más densa y sutil de recíprocas posibilidades de desamparo e indefensión, y de correspondientes necesidades de protección que implican un sinnúmero de riesgos.

Especialmente evidente en el territorio de las ciencias de la salud, donde la condición del mantenimiento de la norma y la transgresión inevitable se presentan de manera cíclica y recurrente, la persona sólo desarrolla un centro interior en la medida en que a la vez se extraña de sí en relaciones interpersonales establecidas. Ello explica el riesgo, por así decir, constitucional y la vulnerabilidad crónica a que está sometida la identidad, que son incluso superiores a la palpable posibilidad de disminución y falla a que está sujeta la integridad del cuerpo y de la vida.

La ética que jerarquiza la compasión se percata de que esta profunda vulnerabilidad hace menester se garantice la atención y consideración recíprocas. Y esta atención y consideración han de estar dirigidas simultáneamente a la integridad de la persona individual, como al vital tejido de relaciones de reconocimiento recíproco, en las que sólo mutuamente pueden las personas estabilizar su quebradiza identidad.

Y esto, porque ninguna persona puede afirmar su identidad por sí sola. Ello ni siquiera se logra en el desesperado acto de suicidio, que los estoicos ensalzaron como signo de la soberana autodeterminación del sujeto súper individuado y aislado.

También puede mencionarse el principio de justicia, es decir, de principio de igualdad de trato, y de principio de benevolencia, que manda fomentar el bien común, evitar los daños y hacer el bien.

Pero la Bioética del discurso explica por qué ambos principios provienen de una y la misma raíz de la moral, justo de la vulnerabilidad necesitada de compensación que caracteriza a seres que sólo pueden individuarse por vía de socialización, de suerte que la moral no puede proteger lo uno sin lo otro, no puede proteger los derechos del individuo sin proteger a la vez el bien de la comunidad a la que el individuo pertenece.

Las éticas del deber se han especializado en el principio de justicia, las éticas de los bienes se han especializado en el bien común. Pero ya Hegel se percató de que se yerra la unidad del fenómeno moral básico cuando se aíslan ambos aspectos oponiendo un principio a otro.

El concepto de eticidad de Hegel parte de una crítica a dos unilateralizaciones que resultan simétricas. Hegel se vuelve contra el universalismo abstracto de la justicia, tal como viene expresado en los planteamientos individualistas de la Edad Moderna, así en el derecho natural racional, como en la ética kantiana; pero con la misma decisión rechaza el particularismo concreto del bien común tal como se expresa en la ética de la polis de Aristóteles o en la ética de los bienes.

Una Bioética del discurso debiera hacer suya esta intención básica de Hegel para desempeñarla con medios kantianos.

Esta amplía frente a Kant el concepto deontológico de justicia a aquellos aspectos estructurales de la vida buena, que desde el punto de vista general de la socialización cabe destacar de la totalidad concreta de las formas de vida siempre particulares, sin caer por ello en los dilemas del aristotelismo.

Añadimos a esta formulación la densidad conceptual que el psicoanálisis ha debido construir para explorar el psiquismo humano.

De la labor de Sigmund Freud proviene la formulación de la existencia de un espacio en el psiquismo humano con la característica irreductible de inconsciente; la determinación del proceso psicológico llamado identificación para explicar que en base a rasgos del otro es que se constituye el Yo; la conceptualización de la existencia de un sentimiento inconsciente de culpa como un contenido subjetivo principal; la existencia y las tareas de conciencia moral, de auto observación y de Ideal del Yo como funciones del Superyó.

La renovación del discurso psicoanalítico y de la clínica consecuente vino desde los años 1950 de la mano de la obra de Jacques Lacan: sostiene la idea de un estado inicial de desamparo del individuo humano, que será una marca a la que no dejará de volver; designa a la transferencia como uno de los conceptos fundamentales del psicoanálisis, indicando el carácter de actualización de situaciones pretéritas de la vida, con su respectiva carga psicológica, lo que produce un fenómeno de agregado de sentido y extra temporalidad; distingue a la repetición como la manifestación compulsiva que nunca dejará de reeditarse en el sujeto humano con consecuencias devastadoras; nombra con el concepto de real a lo que no cesa de manifestarse, no permite ser cercado con palabras, a lo imposible de ser asimilado a la existencia individual.

Estos conceptos han servido a nuestra labor de interrogar a la Bioética, en el momento del acto del profesional de la salud cuando la situación desborda los parámetros técnicos esperados y desordena; nos han permitido tratar lo irreductible de las diferencias en referencia a la posición subjetiva.

Finalmente, anotaremos con Habermas tres diferencias que, pese a todos los elementos comunes, separan a la Bioética del discurso de los imperativos categóricos al uso de la moral de Kant, y a nuestro discurso de la ética en Medicina de una ética del discurso en las ciencias de la salud.

Primero, la Bioética del discurso debiera abandonar la idea de dos reinos; renuncia a la distinción categorial entre reino de lo inteligible, al que pertenecen el deber y la voluntad libre, y el reino de lo fenoménico, que abarca entre otras cosas las inclinaciones, los motivos puramente subjetivos y también las instituciones del Estado y de la sociedad.

Una coerción trascendental bajo la que los sujetos orientados a entenderse no pueden menos que orientarse por pretensiones de validez, solamente se hace sentir en la coerción a hablar y actuar bajo presupuestos idealizadores. El corte entre lo inteligible y lo empírico queda atemperado y convertido en una tensión, que se hace notar en la fuerza fáctica de suposiciones contrafácticas dentro de la práctica comunicativa cotidiana misma.

Segundo, la Bioética del discurso supera el planteamiento puramente interno de Kant, que cuenta con que cada sujeto implicado en el escenario bioético proceda al examen de sus propias máximas de acción.

Postular la existencia de una Bioética del discurso plantea un entendimiento sobre la universalizabilidad de intereses como resultado de un discurso público efectivamente organizado y ejecutado en términos intersubjetivos. Sólo los universales del empleo del lenguaje constituyen una estructura común antecedente a los individuos.

Tercero, con la deducción del principio universal a partir de los presupuestos universales de la argumentación, una Bioética del discurso puede pretender resolver el problema de fundamentación que Kant, en última instancia, elude apelando a un factum de la razón, a la experiencia de cada sujeto de sentirse obligado por el deber-ser.

Entendemos de esta manera que es posible pensar un proceso que pueda recuperar la dimensión epistémica del discurso de la ética de las profesiones vinculadas a salud, para ser leída desde la Bioética del discurso.

Esta Bioética del discurso podrá definir nuevos universales, precisando para ello el discurso público, la presentación de los intereses múltiples y contradictorios, para construir una nueva moral (todas las intuiciones que informan acerca del mejor modo de comportamiento para contrarrestar mediante la consideración y el respeto la extrema vulnerabilidad de las personas), de carácter epocal, consensuada, y abierta.

Y de la que participen todos los interesados, con sus singularidades, capacidades y diferencias, en un escenario de debate y acuerdo, con la contradicción como componente principal y la dialéctica como el instrumento de la imposible síntesis. ///